miércoles, 28 de octubre de 2009

Hipatia. Cine y literatura.



En la antigüedad, ser filósofo era, también, ser matemático, geómetra, astrónomo... lo que llamaríamos ahora científico en alguna de estas materias. En realidad el filósofo era aquél que tenía afán por entenderlo todo, por encontrar explicación a todo suceso, por ordenar cada elemento del universo... Obviamente se encontraban con problemas morales al ir descubriendo la poca influencia de los dioses en los acontecimientos, llegando a situaciones que sólo sus mentes privilegiadas lograban resolver.

Tales de Mileto llegó a pronosticar un eclipse de sol, algo imposible siendo sol y luna dioses, y se salvó de la hoguera (es un decir) gracias a que convenció a los mandatarios religiosos de que los dioses, durante su inactividad, se comportaban siguiendo leyes físicas, pero eso no quitaba su divinidad.

La ciencia ha sido históricamente frenada por las religiones, que perseguían a todo aquel que propagara dudas sobre el designio de los dioses. Es algo que no se puede negar, y no solo por los múltiples casos conocidos en la religión católica, sino en otras muchas. Debemos mucho a la sabiduría musulmana, pero comenzaron interpretando el Corán en cada suceso que querían demostrar científicamente, incluso Omar Jayyám consiguió el calendario mas perfecto de la historia y se prohibió su aplicación por motivos religiosos.

Hoy en día estamos reviviendo una guerra contra  las tesis de Darwin con críticas de base religiosa, lo que me hace pensar que a lo largo del tiempo ha cambiado el entorno, pero no el fondo, parecido a lo que contaba el lunes con la juventud en la historia. Siempre ha sido así.

Hipatia es una de las filósofas más perseguidas por su búsqueda de la verdad. Un siglo y medio antes no hubiera pasado nada, pues sus enseñanzas eran ajenas a religiones, independientemente de lo que sus alumnos profesaran fuera de su aula, y aún no habían aterrizado las ideas de exclusión de la mujer en todo ámbito social, pero la mala suerte hizo que naciera en plena expansión del cristianismo, que incluso llegó a convertir al emperador.

Para saber más sobre aquella época hay libros y pocas películas, pero todo es actual, con lo que hemos ganado en riqueza de conocimientos y hay que aprovecharlo. Como ya dije en el comentario de un libro con ensayos sobre novela histórica, hay que distinguir historia de novela, con lo que debemos acudir a la Historia para conocerla, y a la novela para recrearnos con ella.

La película de Amenábar es una novela histórica, asesorada entre otros por Carlos García Gual, y si la vemos como tal, perdonamos el cambio cronológico de algunos acontecimientos y disfrutaremos de una gran película. A los que nos gusta la historia y sus recreaciones, sabemos que Silesio no sobrevive a Hipatia, pero nos gusta pensar que si hubiera sobrevivido, el encuentro entre ambos hubiera sido así. También sabemos que los cristianos de entonces no eran como los de ahora, sabemos desplazarnos temporalmente para entenderlo, y no compartimos las críticas de los cristianos actuales.

Pero si el historiador investiga y escribe historia, y el novelista la recrea, ¿qué hace un historiador que, además, escribe novela histórica? Para averiguarlo, se puede leer 'El jardín de Hipatia' de Olalla García, historiadora, escritora, traductora y entusiasta de la novela histórica. Os invito a conocerla pulsando aquí.

lunes, 26 de octubre de 2009

Lunes de Risa: Juventud, arbitrariedad....


Dicen, que es un hecho real:

El Médico de Familia inglés, Ronald Gibson, comenzó una conferencia sobre conflicto generacional, citando cuatro frases:

1) "Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos."
2) "Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país, si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible."
3) "Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar muy lejos."
4) "Esta juventud esta malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura."

Después de enunciar las cuatro citas, el Doctor Gibson, observaba como gran parte de la concurrencia aprobaba cada una de las frases. Aguardó unos instantes a que se acallaran los murmullos de la gente comentando lo expresado y entonces reveló el origen de las frases, diciendo:

"La primera frase es de Sócrates (470 - 399 A .C.);
La segunda es de Hesíodo ( 720 A .C.);
La tercera es de un sacerdote ( 2.000 A .C.);
La cuarta estaba escrita en un vaso de arcilla descubierto en las ruinas de Babilonia (actual Bagdad) y con más de 4.000 años de existencia."

Y ante la perplejidad de los asistentes, concluyó diciéndoles:

Señoras Madres y Señores Padres de familia: RELÁJENSE, QUE LA COSA SIEMPRE HA SIDO ASÍ...

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En una tertulia escuchada por la radio hablaban sobre las decisiones tomadas arbitrariamente. Uno de los contertulios contó el siguiente chiste:

Dos judíos mantenían disputa sobre unos bienes materiales aduciendo razones totalmente opuestas. Como el acuerdo era imposible decidieron consultar al rabino.

El rabino escuchó el razonamiento de uno, y al concluir le dijo: "Tienes razón"
El rabino escuchó el razonamiento del otro, y al concluir le dijo: "Tienes razón"

Todos los presentes se quedaron perplejos ante la imposibilidad de que ambos razonamientos fueran siquiera complementarios, por lo que uno de los presentes habló en alto: "Rabino, con todos los respetos, esto es imposible."

El rabino alzó su brazo señalando con su mano al que había hablado y dijo: "Y tú, también tienes razón."




miércoles, 21 de octubre de 2009

Final de Verano. Principio de Otoño




Llegó el final de aquel verano y Ana tuvo que irse. La noche anterior estuvo en brazos de Andrés, jadeando y susurrándole palabras de amor al oído mientras se entregaban febrilmente el uno al otro cobijados por la oscuridad de la noche en la ladera del río. Era la primera vez que se mostraban desnudos el uno al otro y las manos y bocas no paraban de registrar cada rincón del cuerpo de la persona amada. Una erupción final acabó entrelazando aún más fuertemente los sudados cuerpos, y tras un largo y sentido beso las lágrimas de ambos se mezclaron en sus mejillas. “Prometo que volveré a por ti”, dijo Ana entrecortadamente.

Andrés miró por la ventana a la mañana siguiente, y no se apartó de ella hasta comprobar que un coche azul cielo se perdía por la carretera en el horizonte. Tenía la certeza de que no volvería a verla, pero mantenía en su mente el recuerdo de la suavidad de su piel, el olor de su pelo, los jadeos en su oído, el sabor de sus lágrimas…; sensaciones que sabía no volvería a tener.

La familia Ruiz, a la que pertenecía Ana, cambiaría de ciudad, y este pueblo estaría demasiado lejos como segunda residencia de verano. Abandonaron el alquiler de la casa, lo que dejaba claro que no volverían por allí. Andrés trataba de asumirlo, pero los recuerdos le abordaban cada vez que pasaba por el río, por la puerta de la casa, por la carretera, por los múltiples rincones en que se escondían para besarse y acariciarse; ella estaba presente en todo lugar con su sonrisa, con su mirada cómplice, con sus amables palabras.

Cada mañana perdía un momento mirando por la ventana. En invierno, aún en la oscuridad, mantenía la mirada hacia el infinito durante unos segundos, pero según pasaban los días y la luz dejaba entrever los campos primero, iluminarlos después, Andrés aguantaba unos minutos con la vista clavada en el horizonte. Mantuvo esa costumbre aún después de la boda, ya que no quiso cambiar de habitación a pesar de las mejoras realizadas en su caserón a tal efecto, pero no fue lo único que quiso mantener.

Han pasado los años; sus veiteañeros hijos le dan los primeros nietos, lo que le hace ser un joven abuelo, pero no siente que el tiempo pase. La familia se ocupa de gestionar sus tierras, y mientras el clima lo permita, cada tarde otoñal pasea hasta la primera curva, a la salida del pueblo, y se sienta a contemplar la larga recta por la que Ana se alejó para siempre. A la llegada del buen tiempo, se sienta en la ladera del río y acaricia la hierba mientras balbucea unas palabras a la vez que una lágrima rebosa por uno de sus párpados.

Una tarde, a principios del otoño, Andrés contempla la carretera desde el sitio habitual junto a uno de sus nietos que se entretiene lanzando piedras al valle. Pasan coches, motoristas y autobuses de vez en cuando, pero esta vez uno de los automóviles se para ante él y se baja una ventanilla trasera. No median palabras entre ellos, solo hay unos segundos en que los ojos recobran brillo, y Andrés se incorpora. Se acerca al coche y pide a su nieto, sin mirarle siquiera, que vaya a casa rápidamente e informe a su padre que el abuelo se ha ido.


lunes, 19 de octubre de 2009

Lunes de Risa: Curas y Chachos




Dos sacerdotes decidieron ir a Hawai de vacaciones.

Estaban determinados a tomar una real vacación, no usando nada que pudiera identificarlos como clérigos.

Tan pronto el avión aterrizó, se dirigieron a una tienda y adquirieron algunas bermudas, remeras, sandalias y anteojos negros realmente llamativos.

A la mañana siguiente bajaron a la playa vestidos con su atuendo turístico. Estaban sentados en sus sillas de playa, bebiendo un trago y disfrutando delsol y el paisaje, cuando una rubia despampanante 'que mataba', usando un bikini topless pasó caminando junto a ellos, tan cerca que no pudieron evitar mirarla con cierta admiración.

Al pasar frente a ellos, la rubia sonrió y dijo: "Buen día, Padre. Buen día, Padre", saludando y dirigiéndose a cada uno individualmente al hacerlo.

Ellos quedaron atónitos. ¿Cómo diablos podía ella saber que estaba frente a sacerdotes?

De manera que al día siguiente, ellos regresaron a la tienda y compraron prendas aún más llamativas. Una vez más, con su nuevo atuendo, se ubicaron en sus sillas para disfrutar del sol. Luego de un momento, la misma rubia atractiva, usando un diferente y colorido bikini topless, volvió a pasar frente a ellos, y una vez más los saludó diciendo "Buen día, Padre, Buen día, Padre", y comenzó a alejarse..

Uno de los clérigos no pudo evitarlo y dijo:
- Un momento, señorita.
- ¿Si, Padre?
- Nosotros somos sacerdotes, y muy orgullosos de serlo, pero debo saber ¿cómo es posible que usted sepa que somos clérigos, vestidos como estamos?
- Padre, soy yo.... ¡ la Hermana Catalina !


miércoles, 14 de octubre de 2009

Las noches del parque.


Me gustaba charlar con Adriano; procuraba hacerlo todas las noches. No era muy tarde, algo más de media noche, y casi siempre sucedía todo de la misma forma. Regresaba del bar paseando por el parque que hay junto a la carretera de Villalba a Alpedrete; me sentaba en el último banco y me preparaba un cigarrillo de hierba que se sumaría a la embriaguez del vino. Cerraba los ojos y me concentraba en un balanceo suave, apenas imperceptible, y disfrutaba de mi ingravidez y de la saludable brisa serrana por unos segundos.


- Noche perfecta

La primera vez me asustó. ¿Cómo hacía para no presentir nunca su llegada? Abría los ojos y le sonreía. Le ofrecí un cigarro y me dijo que llevaba años sin fumar, que ya no se llevaba nada a la boca.

- Algún día lo dejarás tu también – me dijo.

Adriano parece mayor que yo, no demasiado, pero su corazón está marcado por experiencias y aventuras que le han dado forma a las expresiones de su cara; facciones duras y mirada relajada, como si estuviera resignado con su suerte. Siempre iba vestido igual, con traje de chaqueta oscuro, corbata negra y cabeza despeinada, lo que le hacía aún mayor. Es probable que, como yo, viviera solo, y a su vuelta del trabajo se relajara en algún bar, y coincidíamos a la vuelta a casa en aquel parque.

Hablábamos de temas muy generales pero dejando entrever la existencia en nuestro interior de amargos recuerdos por malas o buenas experiencias. Conocíamos nuestros nombres, pero nada más, y todo funcionaba muy bien. Debíamos entender ambos que nuestra relación estaba en un estado perfecto, viéndonos tan solo unos minutos al día, y sin hacernos más preguntas. En el primer silencio, tras la conversación, de nuevo caía en un sueño suave; duraba un par de minutos, pero cuando abría los ojos, Adriano se había ido.

Reanudaba el camino a casa por las oscuras calles de la zona, veía un rato la televisión o me sumergía en las páginas de un libro, hasta que los párpados caían pesadamente manteniendo mis ojos cerrados durante horas.
Algunas noches yo no pasaba por el parque. El trabajo me tenía demasiado entretenido y prefería cenar en casa. Otras noches mi embriaguez se encontraba unos puntos por encima de lo natural en mí y el sueño en el parque se prolongaba más de lo habitual. Al despertar, no estaba Adriano, y no sabía si se había ausentado o si respetó mi sueño en silencio. En cualquier caso no nos lo reprochábamos; reanudábamos la charla a la noche siguiente como si no hubiera habido interrupción.

- Hay noches – le dije en una ocasión – que conozco a alguna mujer. Me encuentro bien con ella mientras tomamos unos vinos; nos divertimos y prometemos vernos otra vez, pero si nos volvemos a ver procuro evitarla.
- Te entiendo. - me contestó – Yo también estuve enamorado y tuve una relación apasionada. El resto de las posibles relaciones serían forzadas.


Es en esos momentos cuando aparecen más nítidos los recuerdos; cierro los ojos y los saboreo con un poco de amargura, y Adriano se va en silencio. Es posible que le ocurra lo mismo; no tuve tiempo de observarle esta vez.

Recuerdo que hablamos de familia, mujeres, hijos, amistades, comidas, bebidas…, cosas de la vida. A veces la corta conversación era jocosa, otras nos entristecía, y todas me enriquecían; me hacían llegar a casa con la sensación de haber obtenido algo positivo de ese día. Pero nada bueno dura eternamente.

Tuve que trasladarme de localidad. Cambié de trabajo, de horario y el paseo nocturno desapareció. Pero cada noche, en mi butacón, durante el relax de mi cigarrillo, recordaba mis charlas con Adriano en aquel banco del parque junto al cementerio de Villalba.



martes, 13 de octubre de 2009

13 de octubre: Stairs Day






No sabemos su origen, pero ahí están.




Están en todas partes.

No hay lugar donde no se encuentren.

Allá a donde vaya, ahí están.

En la ciudad antigua.

En la moderna.

En el hotelito.

En casa....







En catedrales.
En piscinas.
En ceremonias.





Quien sabe donde pueden ser necesarias...




Quién sabe a donde nos llevan, pero incitan a comprobarlo..










Decididamente la vida es una escalera y  acontecimientos a su alrededor....

Merecen su día.







jueves, 8 de octubre de 2009

Solidaridad

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NOTA: Hoy es el día de la solidaridad en la blogosfera. Se me ocurre repetir este post que publiqué hace unos meses en que recreo hechos reales contados por sus protagonistas
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Hace unos años que terminó la guerra civil, pero aún se notan sus secuelas. Se notan en los distintos barrios, en la forma de vida de algunos y de otros, en la forma de vestir, en los juegos de los niños en la calle… y en la distribución de trabajo y alimentos. Hubo vencedores y vencidos, y tan solo en la actitud se reconocen las personas de cada bando. Hay mutilados de guerra en cada portal, cada taberna, cada esquina, pero unos mendigan y otros fueron nombrados Caballeros y tienen asiento reservado en el transporte público. Hay viudas por todas partes, pero algunas regentan tiendas y otras limpian las casas de los ricos para alimentar a sus hijos. Muchas familias quedaron divididas en opulentos y pobres, y pese al tiempo transcurrido la herida no quiere cerrarse.

Entre los que luchan por sobrevivir suele reinar la solidaridad, la ayuda mutua, el intercambio de trabajo y de alimentos conseguidos de distintas formas, ilegales o rozando la ilegalidad; para ello, los jóvenes y los padres de familia tratan de organizarse de forma discreta para lograr salir adelante con un mínimo de dignidad. Y lo que en el futuro serán anécdotas, en ese tiempo es la consecuencia de la desesperación.

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Una fila de camiones militares atraviesa la ciudad. Han salido del Parque Móvil Ministerial y se dirigen al aeropuerto militar. En su interior no hay soldados; hay cajas de varios tamaños con un sello en el que se lee ‘Sobrante de España para Alemania’, que se antoja un insulto a las necesidades alimenticias del barrio que atraviesan. Sin embargo la chavalería va corriendo junto a los camiones saludando a los conductores, obligando a estos a andar con cien ojos para que no haya una desgracia y sin parar de tocar el claxon para que se aparten.

El resto de los ciudadanos está en la acera mirando con pasividad o esperando a que termine la fila de camiones para cruzar la calle. Mario, padre de familia, y su pandilla están entre esta gente, y tras el último camión el gentío se pone a cruzar y en un hábil y rápido salto entra en la trasera del camión zaguero con uno de sus camaradas. El conductor sigue entretenido con los niños y no se da cuenta, de momento, que de la trasera del camión salen disparadas a la acera cajas y paquetes de todos los tamaños. La gente se arremolina para recogerlos y salen corriendo por callejuelas y callejones desapareciendo del lugar donde se comete el delito. Cuando el conductor se apercibe de lo que ocurre, pulsa el claxon desesperadamente para avisar a los conductores de delante, quienes acostumbrados a ese ruido no reaccionan, y entonces acelera con intención de alejarse y llamar la atención. Es en ese momento cuando Mario y su compinche deben saltar del camión y huir con las manos vacías para asegurarse la impunidad.

Mario y compañía quedan siempre en una taberna para tomar un vino y jactarse de su proeza; se numeran para saber que no falta nadie y regresan a sus humildes hogares con tranquilidad. Cuando Mario llega a casa, su mujer le informa de lo que gente del barrio le ha traído; chorizos, galletas, latas de conserva, leche en polvo, café… Carga con la mitad del botín y vuelve a salir para repartirlo con los demás vecinos del portal. Nadie pregunta, nadie agradece; otro día el fontanero le arreglará el grifo y el electricista la vieja radio. Así funcionaba el intercambio entre algunos vecinos de barrio.

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En la esquina de la manzana en que vive Mario está la carnicería de Avelino. No tiene material para vender, ya que lo poco que consigue se vende en unos minutos; pero en cualquier momento puede llegar otra remesa de carne y Avelino debe mantenerse en su puesto. La esquina está sombreada, y Mario y él pasan la tarde sentados junto a un botijo de agua fresca y fumando cigarrillos de liar, charlando y planeando ‘salidas’ para la siguiente oportunidad.

Un día apareció un asno, rollizo y de poco pelo, bajando por el sendero del callejón hacia el río. Ni Mario ni Avelino parecen inmutarse; el carnicero fuma mirando para otro lado, y Mario está con la silla inclinada hacia atrás, apoyado en la pared con el sombrero de paja tapándole los ojos. Pero ambos lo han visto. Solo se perciben movimientos de labios.

- ¿Y ese burro?- pregunta Mario.
- No sé. Parece el de Don Claudio.

A la tarde siguiente se repite la misma rutina. A la misma hora observan con disimulo que el animal hace el mismo recorrido.

- Es de Don Claudio. Baja a beber agua y a comer hierbajos.- dice Avelino.
- ¿Lleva tiempo haciéndolo?
- No. Solo tres días. Pero es de Don Claudio.
- ¡Ya!

Don Claudio era un pequeño terrateniente; en dos años, después de la guerra, se convirtió en un gran terrateniente por anexiones ‘legales’ a su huerta. Se construyó un palacio y una fábrica, y no ha vendido al animal por pura pena, pero no quiere verlo deambular por sus terrenos; da mala imagen. Así que enseña al animal a ir a la pradera cercana al rio para que pase allí la tarde, con intención de que se vaya acostumbrando a pasar el día. Sus relaciones con altos cargos de la Guardia Civil y de los ministerios le hacen sentirse protegido ante el resto del barrio. Nadie se atreve a tratar con él, y todos saben que el burro es suyo.

- ¿A qué hora está de vuelta?- pregunta Mario.
- A las nueve. Ayer se retrasó y bajó Don Claudio con un guardia.
- ¿Seguías aquí a esa hora?
- No. Lo vi por la ventana.

La tarde del día siguiente no la está pasando Mario con el carnicero. El asno hace su rutinario recorrido de bajada al río, y a las diez de la noche se hace una batida por los barrios cercanos buscando al animal que, de momento, se cree que se ha perdido. Y no aparece.

El día siguiente fue sábado. Mario se acerca a la carnicería y se entretiene con Avelino a la vera de un pequeño porrón de vino y unos trozos de farinato. No hablan del tema, sino del tiempo y se preguntan por las mujeres y los hijos. Cercano el fin del porrón, la pareja de la Guardia Civil que podríamos llamarla ‘la del barrio’, entra en la carnicería.

- ¡Buenos días! – dijo uno de ellos.
- Buenos días – contestaron a la par Mario y Avelino.
- ¿Conocen al burro de Don Claudio?

Una leve sonrisa se esbozó en sus labios y fue percibida por el otro miembro de la pareja.

- ¡Nada de bromas! ¡Contesten!
- Sí, yo lo conozco – contestó el carnicero ya mucho más serio – lo veo todas las tardes bajar por ese camino.
- ¡Ayer no regresó!
- Bueno, yo… no sé, nunca le veo regresar.

El guardia, muy serio, les mira de la cabeza a los pies y le pide al carnicero que le enseñe las dependencias. Son muy pocas; una habitación hermética con hielo para hacer de nevera totalmente vacía y un habitáculo sin puerta con una mesa limpia y útiles de carnicería. Hay un ventanuco alto, grande, al que no se llega a ver el exterior. El guardia señala a Mario y hace una seña para que se acerque. Le señala una caja de madera envejecida y medio desvencijada que hay junto a la pared y Mario y Avelino comienzan a sudar.

- Acerquen ese cajón debajo de la ventana. - dijo el guardia con extrema seriedad.

Mario y el carnicero se miran primero y luego obedecen; arrastran el cajón con esfuerzo disimulado y lo colocan bajo el ventanuco. El guardia se sube al cajón y otea el exterior durante unos segundos con suma atención y se baja decepcionado.

- Si por casualidad viesen a ese animal, ¡avísennos! ¡¿de acuerdo?!
- Si señor – dijeron de nuevo al unísono.

Cuando los guardias desaparecieron, Mario tomó un trago del porrón y lo pasó a su colega para que lo vaciara del todo.

- Casi encuentran la cabeza; si nos pillan se nos cae el pelo. – dijo Mario.
- Si – dijo Avelino limpiándose los labios – y si vemos al burro de Don Claudio hay que avisarles.

Ambos rompieron en carcajadas reprimidas para que no se oyeran en el exterior.

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lunes, 5 de octubre de 2009

Lunes de Risa: Guiños y aspirinas

Un hombre que tiene un tic nervioso que le hace guiñar un ojo, pide trabajo como vendedor en una agencia de viajes.
 
 - Según su currículum, veo que usted está más que cualificado para este trabajo - dice el jefe de personal - pero, desgraciadamente, no podemos contratar a un vendedor que esté constantemente guiñando el ojo a los clientes.

  - Pero espere -
dice el hombre- si me tomo dos aspirinas dejo de guiñar el ojo.

  - Muéstreme -
dice el jefe de personal.

 Entonces el hombre se mete la mano en el bolsillo del pantalón y saca una cantidad enorme de condones de todas formas y colores, finalmente encuentra un par de aspirinas y al ratito de tomarlas deja de guiñar el ojo.

  - Es excelente que haya dejado de guiñar el ojo -dice el jefe-, pero no podemos tener vendedores que sean unos mujeriegos.

  - ¿Qué quiere decir? -
pregunta el hombre-, yo estoy felizmente casado.

  - ¿Y cómo explica todos esos condones?, dice el jefe.

  - Ah, eso ... -
dice el hombre-  haga usted la prueba de ir a una farmacia y pedir aspirinas guiñando el ojo.



domingo, 4 de octubre de 2009

Gracias a la vida, que nos dió tanto...



Hace poco escribí un post en que contaba un chiste de Pepe Iglesias “El Zorro”, al que recordaba escuchar en la radio cuando era pequeño y no había televisión en mi saloncito. Siempre estaba la radio encendida, a la que aparentemente no hacíamos caso nadie de la familia, pero mi madre subía el volumen cuando cantaba un tango Carlos Gardel o cantaba Imperio Argentina. Ahora me gusta, además, Piazzola entre otros.

Por razones naturales (es decir: mi entorno) era forofo del Real Madrid, y mi héroe favorito era Di Stéfano, con las copas de Europa conseguidas prácticamente solo por él. Dicen que abrió las puertas para la venida de más futbolistas de su país de origen; Incluso ‘el dios’ pasó por aquí…

Cuando tuvimos la primera televisión en casa, ya pude ver partidos de futbol, aunque siempre nevaba sobre los estadios, y también pude ver a Gila, al que oía de vez en cuando en la radio, y me enteré de muchas anécdotas que tuvo a su paso por Buenos Aires, sus librerías y tanguerías, decía.

Un día decidí leer cosas serias y me topé con Mafalda. El gran Quino nos mostraba a los bajitos de su país con sus geniales ingenuidades. Nunca me importó que Manolito, el bruto de mollera, fuera español, pero me fastidiaba que Libertad fuera tan chiquita. Se lo comenté a mi hermano y me dijo que estaba entendiendo muy bien las tiras de Mafalda. Desde entonces las releo a menudo, y aún están en mi librería junto a otras genialidades de Quino.

De Mafalda pasé a cosas mucho más serias. Quizá era pronto, pero caí en la tentación de leer todo lo escrito por Cortazar, incluso lo traducido por él, como “Memorias de Adriano”, que no parece estar escrito por autor no hispano. Casi me leo todo lo escrito por Borges, cuya genialidad aún me inspira y más tarde cayeron en mis manos Bioy Casares y Horacio Quiroga. No está mal para empezar. Ellos me colocaron ante Sábato y Storni.

El Ché me abrió también sus puertas a la revolución. Pese a la prohibición tuve en mis estanterías sus libros sobre guerrilla urbana y otros de pensamientos que, a su vez, me hacían pensar, y como una cosa lleva a la otra, entre el rock y los tangos escuchaba otras músicas; Atagualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Julia Elena Dávalos… y saliendo del folclore al preciosista Lito Vitale…

Hoy he oído que Mercedes Sosa ha muerto. Me han venido a la memoria muchas cosas pasadas, pero me he dado cuenta de que mi vida está rodeada de cosas pequeñas y grandes, y que una de las grandes se llama Argentina. Si; Argentina ha estado presente a lo largo de mi vida de forma preponderante, y me apena que vayan desapareciendo renglones vivos de su historia, que forma parte de la mía, … y que no sean substituidos.

Gracias a la red conozco blogueros argentinos afincados allí y acá de los que soy fiel seguidor. Se puede decir que son amigos virtuales, pero parece que saben transmitir el carácter del pueblo argentino bitio a bitio a través de los canales digitales como nadie lo sabe hacer. Disfruto con ellos en la distancia, pero hace poco oí a un enamorado de ese país decir: “Argentina se merece todo menos lo que tiene”. Dura crítica hacia los que al parecer la destrozan.

Puedo decir que Argentina me ha acompañado siempre, y no es la primera vez que grito por sus causas, pero quiero que mi aportación al Día de la Solidaridad de este año esté dirigido a aquellos que allí y acá luchan por recuperar a la Argentina de siempre, la que tanto nos ha aportado al mundo latino.


Gracias Arwen Anne, y enhorabuena por tu éxito.











Nuestra tierna amiga bloguera Arwen Anne, también es escritora y, por fin, va a ver publicada su primera novela. Nos agradece los ánimos que la hemos dado, pero en realidad la agradecemos nosotros el reparto bloguero de su ternura.

Como agradecimiento nos pasa estos premios que quiere compartir con nosotros. Gracias Arwen, verás como tras esta publicación vendrán muchas más.

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