miércoles, 25 de febrero de 2009

Proyecto de Poesía

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“Un soneto me manda hacer Violante,

en mi vida me he visto en tal aprieto…”



Bueno, mi caso es bastante parecido por lo que comprendo perfectamente el tal aprieto.

Con expresión ilusionada, una persona en concreto (la única a la que se lo consentiría) me pide una poesía, algo a lo que no me dedico desde mi apasionada juventud; sin embargo acepto. Puede que sea un reto: una poesía de encargo.

Parece como si se encargara una casa a un arquitecto y no se le dijera nada más, pero en mi caso es peor, pues el arquitecto empezaría a preguntar al cliente detalles para hacerse una idea de sus preferencias y a mí no se me ha dado esa oportunidad. No tuve opción; nos miramos a los ojos y percibí la respuesta: “Tú verás”

Es decir, mi conocimiento sobre esa persona debiera ser lo suficientemente amplio como para no fallar y satisfacerla plenamente; pero no es así. La perturbación mental que me provoca es tremenda, pues aun siendo ambas personas abiertas, más bien entiendo que es la peticionaria quien cree conocerme a la perfección y por eso me hace este encargo. Temo no estar a la altura de la situación.

La poesía, si es romántica como creo que debe ser esta, utiliza ingeniosos símiles, crea símbolos, que agradan al creador, pero nunca se sabe si gustarán al destinatario; el creador trata de reflejar sensaciones que solo él tiene y pueden agradar o no a la persona a quien se dirige, lo que nos lleva al éxito o al fracaso estrepitoso. Eso lo veremos en su expresión cuando lo haya leído, o en sus reacciones hacia el creador. Puede que no vuelvan a mirarse a la cara en lo que les queda de vida....

Pero he aceptado el reto y pongo toda mi energía creadora a disposición de este proyecto.

Estructuremos el trabajo: busquemos soporte y montemos sobre él el cuerpo del delito para dirigir nuestra misiva hacia ese ente idealizado que corroe nuestras entrañas.

(He notado que hablo como si fuéramos mas de uno; en realidad somos dos: yo y mi otro yo, el que se cree dominarlo todo y el que me sorprende a menudo y me hace reconocer que no me conozco. Entre los dos pasamos buenos y malos ratos)

Algo muy utilizado para esto son la naturaleza y sus elementos, ya que todos los conocemos; pueden ser maravillosos, intrigantes, duros, suaves, violentos, tiernos…, así que mejor buscamos, para empezar, algo cotidiano.

Ejemplo: el mar.

Siempre es el mismo mar, pero a veces en paisajes amplios que parecen infinitos y otras veces son entradas en pequeñas y recogidas calas.

Puede verse verde, azul, gris o mezclado de colores reflejando el variable estado del cielo en cada momento, con el que se confunde en la lejana línea del horizonte.

Puede verse levemente agitado por suaves fuerzas interiores que parecen ajenas a él, o violentamente furioso mostrando una fortaleza que solo el mar domina azotando con soberana fuerza sus límites.

O en calma, tranquilo, pacífico.

A veces engulle y a veces expulsa, y cuando expulsa puede hacerlo mostrando desprecio o salvación.

Su movimiento, su sonido, su calma o su silencio deja al observador hechizado con la sensación de que aunque esté mirando al mar, es el mar quien lo está observando a él.

¡Ya está! Sus ojos, su mirada.

Elijo ojos verdemar, he visto el mar de ese color, como el de sus ojos, y concuerdan perfectamente con ellos muchas de sus combinaciones:

Ojos que miro y dejan ser penetrados porque son amplios como la panorámica del mar desde un faro salvador en un día brillante, tratando de reconocer cada pequeña ola en la siguiente como si ellas fueran las que trasladan los pensamientos y los arrastran a la orilla y los expulsan suavemente.

Y allí estoy yo para recogerlos, al final de su mirada.

A veces se entrecierran y hay que escudriñarlos, ir por recovecos rocosos, punzantes y dolorosos, y el agua se introduce entre ellos, como buscando en sus ranuras las penas, y vuelve a salir de ellas arrastrándolas hacia una pequeña playa que la marea la hace rebosar y resbala una lágrima por la curvada duna de su mejilla.

Y allí estoy yo para recogerla y dulcificarla.

A veces casi se cierran dejando ver por una delgada línea un mar abierto y bravío bajo un cielo gris premonitorio de tormenta, como preparándose para desatar su ira y maquinando la forma de realizarlo, pero no muestra el futuro inmediato.

De repente sobreviene el ruido y surgen las palabras, se abren los ojos y esa ventana del alma permite escapar la electricidad acumulada que se dirige a mí, y gustosamente la recibo y asumo para ayudarla a descargar.

Y tras la tormenta una calma gris, triste, esperando un rayo de luz que se abra paso de nuevo entre las nubes.


Ojos de mar verdemar
Brillo de mar que el día ilumina

Que seduce

Que hechiza

Mar que lágrimas derrama

Sal de sabor dulce

Mar que me electriza
Al coincidir nuestras miradas



Ejemplo: el aire.

Invisible, pero notamos su presencia y precisamos de el.

Forma parte fundamental de la vida y a la vez la acompaña, nos rodea.

En movimiento lo captamos con facilidad, con amplio abanico de matices desde la suave brisa al más violento vendaval.

Pero quieto o no, siempre transmite algo:

fragancias que advierten de la cercanía de lavanda, tomillo o romero, que anuncia tormenta
o nos traiciona al advertir de nuestra presencia,
o es usado como soporte para transportar sonidos,
sonidos que se producen al mover las hojas de los árboles,
al soplar sobre los filos de montes y rocas,
o los que anuncian vida al formar parte de un suspiro...

Lo tengo fácil: su aire.

Porque es suyo el aire que respira y convierte con delicioso arte en palabras que parecen suaves susurros.

En suspiros que desatan sorprendentes reacciones químicas en mi interior.

En suave brisa cuando su aliento roza una sola molécula de mi piel.

O en vendaval de emociones si son más de una.

En cautivadora música sus risas...

Y es suyo el aire que la rodea porque es distinto al resto.

Porque lo ha modificado de forma que se nota su proximidad, y su presencia condiciona el ambiente del lugar en que se encuentre.

Porque su solo movimiento transmite su alegría, sus penas, sus preocupaciones.

No se ve su interior, pero lo transmite al fondo de mi ser para que luego atravesando cada una de mis partículas lo expulse por todos y cada uno de los poros de mi cuerpo.


Aire que te rodea
Aire que respiras
Viento que se enreda
En tu ropa, en tu pelo
En tus brazos, en tu cuerpo

Aire transformado
En susurro, en suspiro
El aliento de palabras

Pron
unciadas
En mi oído




Ejemplo: Superficie de la tierra.

Podemos desplazarnos sobre ella con placer y viajar lejos.

Disfrutar de su visión y contacto.

Curvas perfectas en las móviles dunas que nos incitan a clavar en ellas nuestras manos.

Verdes praderas que nos invitan a sentir su contacto directo

Suaves laderas que forman hermosos valles que deben ser recorridos.

Cráteres naturales que incitan su exploración.

Pequeñas cuevas, unas húmedas y profundas, otras cortas y secas...

De nuevo lo tengo: el cuerpo, la piel.

Recostarme en una ladera, aplicar el oído, escuchar tu corazón, notar sus latidos en mi mejilla.

Viajar por montes y laderas, promontorios y valles hasta conservar en mi memoria la orografía de tu cuerpo.

Reconocerlo al tacto, con las manos, con cada uno de mis dedos, con la boca, registrando cada cráter, cada cueva y calmando mi sed en los ríos que recorren tus valles.


Cuerpo vivo
Terreno vivo
Con dunas vivas

Curvas suaves

Y suaves picos por escalar

Con mis manos

Con mis dedos

Saborear cráteres

Y el suave césped

Acariciar
Y sin pudor

Calmar mi sed

En los ríos
De tu sudor



Ejemplo: los árboles

Algunos acarician el cielo, otros acarician al paseante que cae en la tentación de tocar sus ramas, sus hojas, y robar la savia que los recorre, o saborear sus frutos.

Arrancar una flor de vida efímera y disfrutar de sus últimos latidos.

Trepar por las ramas y sentirse seguro rodeado por todo él.

Sentirse abrazado y protegido.

O por el contrario abrazar un pequeño arbusto de ramas recogidas y protegerlo de las inclemencias que lo perturban.

Recorrer la fibrosa rama desde el tronco al otro extremo enredando sus ramas secundarias entre mis dedos...

Solo puede ser una cosa: tus brazos, tus manos.

Un árbol me recibe agitando sus ramas y me sumerjo entre tus brazos.

Otros encogen las ramas y siento que debo abrazarte, que me pides protección.

A veces un mágico viento enreda una rama en mi brazo o roza mi rostro y noto la suavidad de tu piel.

Y cojo un puñado de ramitas y me las llevo a la boca y doy un sentido beso a tus dedos.





Árbol que me abrazas

Trepo por tus ramas

Y saboreo tu savia
Desde la curva de tu hombro

A las yemas de tus dedos
Ramas como brazos

Que me abrazan
O rechazan

Y en su extremo tus manos

Que me acarician la cara





Ahora que estás lejos y trato de observarte veo que he creado en ti todo un universo.

Y te veo en el mar, al contemplar un valle, al escuchar el viento, al agitarse un árbol.

Y siento la necesidad de abrazar ese mundo o introducirme en él y notar todos los latidos internos, provocar terremotos y erupciones de placer.

Me pregunto si la poesía es todo rima o si la rima es parte fundamental, o si no es necesario rima alguna, pues ¿no es todo esto poesía?

Si miro al mar y veo tus ojos, si miro a tus ojos y veo el mar,
si el viento me trae tu aura y tu voz o bien hablas y siento una ráfaga de frescor,
si en las suaves laderas imagino tu cuerpo o si miro tu cuerpo y veo montes, valles, praderas, cráteres en erupción,
si se mueve un árbol y te veo con los brazos abiertos o si se agita un pequeño arbusto y quiero abrazarte,
¿no es esto poesía?

Tantas páginas, tantas frases, y faltan las dos o tres palabras que lo resumirían todo, palabras que se me antojó prohibirlas pero no son necesarias: se percibe el mensaje.

Un mensaje es lo que la he mandado con la conclusión que saco de todo esto: “Toda tú eres un poema” y me ha respondido: “¡Gracias!”

¿Tendrá bastante con eso?


martes, 24 de febrero de 2009

Mi segundo trauma

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Ya conoceis mi primer trauma; veamos el segundo....

Cuando era pequeño, en la escuela infantil, todos los años se rifaba un ramo esplendido de flores entre los nenes de cada clase para nuestra mamá, en el día de La Madre. Todos mis hermanos (conmigo, el pequeño, ocho) hemos ido al mismo cole, pero ningún año, a ninguno de nosotros, nos ha tocado el ramito.

Un año, mi compañero me dijo que le iba a tocar a él porque había traído una herradura. Ni idea de qué era eso, ¿una erra-qué?, pero el caso es que le tocó el susodicho ramo y regresé a casa con esa cantinela; todo el camino pensando como podía amañarse una rifa con la sola presencia de un artefacto que desconocía.

En casa se lo comenté a mi padre, que sabía mucho de muchas cosas... con un pequeño error: "Papá le ha tocado el ramo a un niño porque se ha llevado una herramienta a clase metida en la cartera". Mi padre estaba leyendo el periódico, y comenzó a dar pequeños botecitos, como un hipo rápido y muy seguido, y con una sonrisa exagerada me dijo: "No te preocupes (ji, ji), el año que viene te doy una bien grande para que te toque (ji, ji, ji)"

Ya os he contado cómo es mi familia; se comentó el caso en la cena, y todos estaban con una sonrisa muy amplia, incluso algunos reían sonoramente, eramos todos muy felices...

Al año siguiente, se lo recordé a mi padre, que me sorprendió que no se acordara, pero volvió a sonreir como el año anterior, y entre sus risitas, las de mi madre y las de mi hermana que me llevaba al cole, me dió lo que se llama una llave de perro enoooorme: "(ji, ji) llevate ésta, (ji, ji, ji) es la mas grande que tengo. (ji, ji, ji....) Seguro que con esta te toca (¡Ja, ja, ja...!)". Entendía que fueran felices, ¡pero taaanto!. El caso es que tuve que cambiar mi cartera por otra más grande que había por casa para que cupiera semejante armatoste de madera y hierro.

Cuando era pequeño las carteras no llevaban ruedas, y si llevaba la cartera en una mano, casi me tunbaba hacia el otro lado para equilibrar; así que opté por llevarlo delante con las dos manos, pero era imposible. Al final me la puse en el hombro y entré en clase sudando y todo el mundo me miraba. Le dije al compañero (esta vez era otro): "Este año me toca a mí, porque traigo una herramienta enooorme." Pero no me tocó el jodío ramito, le tocó al compañero que no había traido herramienta alguna.

Llegué a casa sudando y muy, muy pero que muy, cabreado. Hubo muchas risas y ya no entendía tanta felicidad...; entendía otra cosa.

P.D. Se lo dedico al famoso Goscini y a sus historias del Pequeño Nicolás.
La foto es una llave de perro... mas pequeña que el de la historia.

lunes, 23 de febrero de 2009

¡Y MAS PREMIOS!

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No quepo en mí de gozo. ¿Como hacéis los que recibís tantos premios, tánto reconocimiento?

nada menos que dos premios. Helos aquí:






Me encantan estos blog's con post que me obligan a pensar; me descubro a mi mismo y me veo de otra forma al terminar. Parece que a veces no es bueno, pero el resultado final es magnífico.

Tambien pienso que mi blog es como es gracias al contenido de la treintena de blog's que visito, que los comento, me devuelven la visita, me comentan, y entre todos procuro mejorar; así que estos premios están a disposición de todos vosotros.

Gracias Mariana por lo que me aportas y por darme esta oportunidad.

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domingo, 22 de febrero de 2009

¡ TOMA PREMIO!

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Odi Noyola del curioso blog AMOR: ¿Raíz de todo? [Difícil de digerir], acaba de otorgame el premio SYMBELMINE

Gracias, Odi; y eso que nos conocemos de hace poco.

A Odi le gusta mi blog por mi saber/estar en la blogosfera. Me gusta el premio porque estoy en esfuerzo constante de que mis post y comentarios en las entradas de otros blog's sean entendidos sin recibir daño ni alusiones a cuestiones personales. En muchos de los blog's que visito y no estoy de acuerdo con lo escrito, sudo tinta para poner un comentario, y a veces me quedo con las ganas de comentar.

Las entradas de Odi, son de las que leo varias veces para entender exactamente lo que quiere decir, (visitadlo, y me entendereis) y siempre procuro dejar un comentario. Es entrañable, y no para de buscar respuestas, lo que me incita a visitarlo.

Como lo acepto, debo cumplir unos requisitos, como por ejemplo, premiar a otros siete blog's. Esto me pone en un aprieto, ya que visito muchos, pero como espero que habrá mas (yo no soy modesto) los que no cite que esperen un poco que habrá para todos.

Paso el premio a:

Lola Mariné, de Gatos por los tejados, como nó, mi primer contacto en mi vida bloguera y una de las personas con las que estoy aprendiendo a escribir.

Stanley Kowalski, de Histórias Cálidas, porque ¡Qué historias! magníficas y de lectura cálida.

Didac Valmon, de Corralas de Mayrit, el gato mas ilustrado que conozco y del que aprendo un montón.

Thiago (o quizás Iago), de El blog que Thiago, porque a pesar del egocentrismo que muestra se vislumbra una persona tierna y muy, muy simpatica.

Andrea, de Soy consciente, porque sus post me obligan a pensar y a desarrollar ideas; que me perdone por la extensión de mis comentarios.

Zinquirilla, de Fotos antiguas, porque cada una de las fotos que expone, me inspiran mil historias.

Ana y Miguel, de El blog de Ana Pedraza Crisostomo y Miguel Ánguel Chico Jiménez, porque me hacen reflexionar sobre lo cotidiano.

Gracias de nuevo, Odi, por la oportunidad que me das de agracer a estos blogueros su existencia en esta nuestra blogosfera.


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sábado, 21 de febrero de 2009

La Conspiración Cósmica


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El día D a las hh:mm los planetas no estaban alineados. Su posición, que se puede considerar aleatoria, no mostraba nada peculiar ni digno de atención, pero la suma o combinación de sus influencias construyeron el alma de aquellos que vieron la luz en ese momento.

Tal vez, sin embargo, su carácter y personalidad estén escritos en sus genes y el resultado sea el de una ecuación o formula de combinatoria: combinación de x genes tomados de y en y. Una de las miles de combinaciones, elegida de forma aleatoria, es la causante del físico y personalidad del sujeto.

¿Está escrito en el cielo que una persona va a ser un asesino?. ¿Se encuentra, tal vez, plasmado en sus genes?. En algunos casos elegimos formulas científicas porque nos es más fácil aceptarlas, ya que aspiramos a encontrar una fórmula que contrarreste los resultados negativos o incluso los evite. En el caso de los asesinos se supone que la ciencia podrá algún día llegar a erradicar esos genes, pero no se podrá nunca fijar los planetas en aquellas posiciones en las que las influencias sobre los acontecimientos sean siempre positivas.

La ciencia tiende a ser el arte de practicar ser Dios; no en el aspecto divino, iluminado, sino al de saberlo todo, saber qué está pasando y deducir sin errores el futuro; es decir, prevenirlo. Un burdo ejemplo es la predicción climatológica; se sabe con bastante certeza que mañana va a llover en una zona perfectamente localizada.

Algunas mentes privilegiadas, científicas o no, gracias a las cuales vivir no resulta aburrido, nos explican en hermosos libros lo positivo que resultaría conocer o prevenir el futuro. Es un deseo lógico, ya que sabiendo el devenir podremos evitar sus aspectos negativos, o al menos paliarlos.

“Soy un asesino”, o mejor, “voy a ser un asesino”. Esta convicción me puede llevar a cultivar mi persona en la dirección de saber controlar situaciones que me incitarían a matar a alguien. Si no sé que soy, o voy a ser, un asesino, no trataría de evitar nada, y llegará el día en que mate a alguien.

Un alto cargo de un pasado gobierno alemán dijo en una ocasión: “Sabemos quienes van a delinquir. Esperaremos a que cometan un delito para detenerles”. ¿No sería mejor informarles?, pero ¿cómo les daríamos a conocer su futura condición?. Es un gran dilema:

Método científico: si esa condición está en nuestros genes, la observamos en un estudio genético, pero al tratarse de una ciencia “oficial” no habría voluntariedad en oficializar nuestro futuro. No es que nos importe saber que seremos delincuentes; nos aterra el que se sepa oficialmente.

Método esotérico: ciencia difusa basada, según sus adeptos, en la observación, es decir: se ha observado que todos aquellos nacidos bajo el signo de Acuario con ascendente en Venus, poseen el mismo carácter en sus parámetros más generales, y son materialmente distintos a aquellos que nacieron bajo el signo de Cáncer con ascendente Urano. Las diferencias pueden ser más acentuadas según la fase lunar en el momento de la concepción, pero eso es un estudio más avanzado. Este método no está soportado por organismos oficiales, y debido al secretismo que lleva aparejado, se acude a él en masa.

Es fácil entender, claro, que si la luna, satélite terráqueo que tenemos aquí al lado, influye de tal manera que hace subir y bajar el nivel del mar de forma periódica creando un reloj cósmico por el que se guían diversas especies animales y vegetales, de la misma forma Urano, del mismo tamaño aunque un millón de veces más lejos que la luna, influye en el carácter del ser humano.
La colección más variada de dioses corresponde a las antiguas Grecia y Roma. En estas religiones multiteístas cada dios cumple su misión sobre el género humano, el amor, la guerra, el arte, la muerte... se combinaba y dirigían el destino de los hombres. Pusieron sus nombres a planetas y constelaciones, y éstos ocuparon su lugar. La vida de los dioses se substituyen por energías difusas positivas y negativas que gobiernan los acontecimientos terrenales.

Ironías aparte, hay que reconocer que esta ciencia infusa y difusa, es la única en ocuparse de estos temas y ayuda anímicamente a aquellas personas que buscan soluciones a sus problemáticas situaciones o dan esperanzas de una vida interior mejor de la que se posee.

La teoría más hermosa que existe sobre el control del futuro es aquella que asegura que sucede lo que tiene que suceder, que lo que el destino marca es inamovible; pero si bien no podemos variar qué va a suceder, si podemos, en cambio, controlar cómo va a suceder. Fácil, si llegamos a conocer el devenir.


Hay quien divide nuestro paso por la vida en ciclos que se repiten de forma periódica, y cada uno de ellos a su vez se divide en tramos con misiones específicas. Por ejemplo en el último tramo de un ciclo debemos deshacernos de todo aquello que nos sobra, que no necesitamos, para comenzar el nuevo ciclo limpios. Si no lo hacemos así, arrastraremos cosas inservibles, basura, de la que será difícil deshacerse en los tramos del nuevo ciclo, y estarán estorbándonos en las nuevas misiones. Estupendo si sabemos en qué tramo del ciclo nos encontramos y realizamos nuestros quehaceres en el momento en que hay que realizarlos.

Esta teoría casi se encuentra dentro del razonamiento científico, ya que utiliza una cierta lógica al advertir que para alcanzar un objetivo son necesarios unos pasos intermedios que hay que realizar con orden. Puesto que el objetivo es vivir, no es de extrañar que pasemos por fases de aprendizaje, de creatividad, de ejecución etc., y si sabemos en qué fase nos encontramos, podremos controlar lo que sucede, que en definitiva es lo que tiene que suceder. Al final del ciclo se acaban muchas cosas; controlemos dicho fin.

Resulta asombroso cuando descubres la fase en que te encuentras y analizas las fases pasadas. Sucedió lo que tenía que suceder, y de saberlo antes, habrías controlado cómo desarrollar los acontecimientos de forma ordenada y en momentos adecuados.

Cuando uno se da cuenta de esto, y si te has movido en entornos de influencia de la ciencia oficial, comienzan a surgir dudas respecto al qué sucede y al cómo y cuando sucede. La ciencia oficial, como en otros casos, dice que nada se sabe, pero ante la obviedad no lo niega. Ante este suceso obvio pero no medible, la ciencia ‘difusa’ desarrolla la imaginación tratando de explicar los sucesos ya que solo hay margen para teorías imaginativas.

La teoría más convincente utilizada para la explicación de los acontecimientos es la Teoría del Caos. Para que exista un suceso, deben haber existido unos cuantos sucesos anteriores. Si uno de ellos varía, el suceso final será distinto al esperado. En cualquier caso, cada pequeño suceso es fundamental para el resultado: “Una mariposa mueve sus alas en Pekín –dice la Teoría del Caos– y nieva en Nueva York”.

Beatriz y Alex lo llaman “Conspiración Cósmica”, entendiendo por Cosmos el conjunto de todo lo existente.

Beatriz y Alex se abrazaron para saludarse la quinta vez que se encontraron y se enamoraron profundamente. Era un sábado por la noche y se oficializó el emparejamiento al sábado siguiente; al séptimo día.

Para la ciencia, el amor es una emoción, y como tal esa sensación física se debe a una reacción química. Toda reacción química se produce cuando los elementos están en la proporción adecuada y se proporciona energía para el primer empujón. Hidrógeno y oxigeno no se combinan para producir agua por si solos sin el detonante de una pequeña chispa. ¿Por qué se enamoraron Beatriz y Alex en ese preciso momento? Porque ese era ‘el momento’ y porque ambos estaban con sus moléculas emocionales en proporciones adecuadas. El detonante: un abrazo.

Alex estaba recién salido de la crisis posterior a una separación afectiva y estaba convencido de no volver a encontrar otra relación de ese tipo. Beatriz llevaba tres días viviendo en casa ajena por su traumática tercera separación matrimonial.

Ambos acudieron al bautismo artístico de Julia, una hija de Alex; Beatriz fue arrastrada por Clara, su mejor amiga, que tenía la intención de hacerla pasar lo mejor posible esos traumáticos momentos, y Alex por razones obvias. ¿Era ese el momento? ¿Las condiciones pueden considerarse óptimas? Indudablemente sí. Pero además, Julia y su representante eligieron ese día para su bautismo artístico: otro día hubiera ocurrido otra cosa.

Pero ese momento ha sido tan especial, emocionante e intenso y ha desencadenado otros momentos tan maravillosos, que la explicación más creíble e imaginativa es la de Conspiración Cósmica. Pero, ¿sin ayuda?.

Queda por saber si la fecha fue importante, estelarmente hablando, o si hubo influencia de la luna llena de ese día, que fue un día 6 de un año que también vibra con el número 6 al igual que la fecha de nacimiento de Alex aunque fue un 6 de Marzo que vibra con un 9 al igual que la fecha de nacimiento de Beatriz...Del día en que se conocieron al día del abrazo, pasaron 6 meses y 6 días. ¿Va a vibrar todo acontecimiento con el número 6?

¿Alguien duda de la Conspiración Cósmica? Más vale aceptar que las cosas suceden porque han de suceder, y si conviene cambiar rutas o redirigir acontecimientos, que lo hagan los auténticos expertos, que como puede descubrirse fácilmente, nacen con ese don.

Alberto (La vida gris) también piensa que los sucesos que nos rodean determinan el futuro. Es, básicamente, la misma teoría que antes: el caos, la suma de sucesos provocan un suceso que te afecta, y hay que aceptarlos tal y como vengan, ya que nosotros habremos influido para que ocurran en la forma que ocurren. Para Alberto, se influye sin desearlo. Influir de forma consciente, lo cree nocivo para las mentes débiles como la suya. Está convencido de que su comportamiento influyó en un resultado no deseado, y desde entonces sufre el castigo de la ausencia no deseada. Entendámoslo.

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jueves, 19 de febrero de 2009

Gracias, Lola Mariné



Premio a la Magia y la Amistad

A los madrileños se les llama (entre otras cosas) 'gatos'. Yo soy gato.

Cuando empecé a bloguear busqué lo que fuera que tuviera la palabra 'gato' y lo primero que encontré fué 'Gatos por los tejados'; el blog de Lola Mariné. Pese a ser el primero en el que hice mi primer comentario, hasta hoy he encontrado pocos blog's que estén a su altura, y detras del blog está ella, que debo suponer es tal y como lo refleja en él.

Mira por donde, ME DA UN PREMIO; se acuerda de mí a la hora de compartir el Premio a la magia y la amistad ....
Solo puedo darle las gracias desde aquí, y espero que este lazo no se deshaga en mucho tiempo.
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El intruso bloguero

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Javier Farjé, periodista de BBC World Service Trust, ha dicho: "La inmediatez de la cobertura de la noticia hace que olvidemos la pausa necesaria para analizar"

Cuando sucede una noticia que interesa o impacta, bien sea a nivel general o en particular, ya que viene generalmente sin analizar, la llevamos al trabajo, a la familia o a nuestro circulos de amistades. Las mostramos, discutimos o intercambiamos ideas y al final cada uno obtiene su conclusión. Pero todos estos entornos son cercanos, y enriquecen poco.

Sin embargo, cuando blogueamos, intercambiamos criterios sobre determinados temas, entre empleados de comunicaciones, del metal, economistas, escritores, críticos, psicólogos, funcionarios, músicos, cineastas, hombres, mujeres, gays, lesbianas, blancos, negros, pieles rojas y aceitunadas, españoles de Sevilla, Cordoba, Madrid, San Sebastian, Sevilla la Nueva, Alcorcón, Mataró, Melilla, Canarias, de todos lados de este país, y de Argentina, Colombia, Santo Domingo, Mexico.... lo que nos hace los más demócratas del mundo.

Generalmente tenemos todos los pies en la tierra, pero si nos elevamos siempre hay alguien en la blogosfera que nos baja y nos obliga a atender el tema desde tantos y tantos puntos de vista que nos enriquece lo suficiente como para seguir dudando y dejar de ser categóricos.
Pero hay un punto de vista desde el que se nos ataca: el periodismo.

Resulta curioso, que a pesar de esa opinión tan acertada de Javier Farjé, (que añade que el bloguero cubre los vacíos que deja el periodista por la premura de sus ediciones), por regla general las versiones digitales de los periódicos no hacen caso de los comentarios que los lectores cuelgan de las noticias, que podrían utilizarse para reeditar la noticia sin inmediatez y con un análisis mas correcto por utilizar muchas fuentes.

Todo esto viene al caso porque detecto una corriente periodistica que ataca discretamente a los blogueros con charlas, coloquios y conferencias con títulos como: "El 'bloguero': ¿intruso o periodista digital?" y en los que se advierte del peligro de la falta de veracidad, en general, de las informaciones que se plasman.

Yo, que soy bloguero novato, no me dedico a emitir noticias porque no se me ha dado el caso, pero pongo como ejemplo los blog's que visito sobre Madrid, en los que se dan las noticias de que los parquímetros nos cobran de más por un pequeño error en la impresión de la hora, o el mal estado de una plaza o los continuos fallos del metro, noticias que no salen en la prensa y se propagan por la red a velocidades increibles.

He descubierto que esto funciona a otros niveles: se habla de paises o conflictos concretos, y es aquí donde leemos un blog escrito desde la frontera de USA con Méjico contandonos la vida cotidiana de un bloguero de esa zona, o de un israelí que llora con lo que hace su país o el deterioro de los elefantes marinos en Mar de Plata contado por un argentino. Sacamos nuestros propios criterios y la prensa pierde un poco de credibilidad. Justo lo que los periodistas critican al bloguero, cuando me parece que escarvan en blog's para ampliar artículos.

Si, ya sé, hay más cosas que hace un bloguero; las mas importantes son que lee y escribe, y esto puede traducirse como un 'tratamiento de blog' para algunos, 'terapia de blog' para otros y enriquecimiento personal y cultural para todos.
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miércoles, 18 de febrero de 2009

Hay más roca bajo la superficie

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Una vez, siendo yo muy joven, iba paseando por el campo con un amigo, ya maduro, de esos que saben de todo, y tropecé con una piedra que estaba como clavada en el sendero. Tras mi pequeño cabreo y un par de patadas para intentar apartarla, mi amigo me advirtió que no sería fácil, ya que era granito. ¿No es una piedra acaso? ¡Como si era porcelana, me ha hecho daño!. Pues no, dijo mi amigo, es una roca, y de granito. Continuó hablando de su edad geológica y los avatares de hace millones de años que hicieron que esa roca se formara y apareciera precisamente ahí; y que era como la punta del iceberg; debajo hay mucha más materia escondida.

Casi le pido perdón a la roca, como que tenía más derecho que yo a estar en ese lugar, pero no es eso lo que quiero decir; es la sensación que me dio de ser un ignorante en una materia, y que al adquirir un poco de sabiduría, mi comportamiento fue otro debido a ver la roca de otra manera.
Mi amigo, también filósofo, sentenció: “Es como la vida. No podemos juzgarla más allá de nuestro conocimiento sobre ella, y que pequeño es nuestro conocimiento.” Bueno, con el tiempo supe que es una sentencia de Khalil Gibrán, pero eso no le quita oportunidad ni mérito.

Me acordé de él una vez que dieron una noticia de última hora por la televisión: En una pequeña ciudad española un hombre mata a cuchilladas a su mujer y a uno de sus hijos y luego se suicida lanzándose por la ventana. Mi reacción fue una reacción generalizada en mi entorno, traducida en insultos hacia el suicida por no haber empezado por él mismo y dejar tranquilos a los demás. Lógicamente estábamos encendidos por una ira imposible de apaciguar hacia ese asesino. Pero al día siguiente, amplían la noticia en la prensa.

Nadie entendía como aquel hombre tan conocido en la ciudad, tan simpático y tan bueno, podía haber hecho esto. ¡Con lo bueno que era con su mujer, y la paciencia que tenía con sus hijos!. El hombre era el carnicero del barrio, su mujer sufría obesidad mórbida y ya no se levantaba de la cama y la lavaba, limpiaba la cama y la daba de comer con generosidad; tenía un hijo en la cárcel por atraco con violencia, una hija en la gran ciudad ejerciendo la prostitución que le mandaba dinero todos los meses, y otro hijo drogadicto que aparecía por el barrio cuando necesitaba dinero, cada vez más, y que al parecer el hecho sucedió en esta ultima vez que el chaval apareció en casa pidiendo para sus vicios.

No sé a quién, en mi interior, pedí perdón y no volví a reaccionar de esa forma. Una de las frases que mas me repito es: me faltan datos. Y siempre faltan, como diría Gibrán. Escavamos y hay mas roca bajo la superficie; así que ya no pienso opinar durante el calentón inicial, y no lo haré hasta que publiquen los resultados de las primeras excavaciones.

Sabéis a que me refiero.

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lunes, 16 de febrero de 2009

En el Teatro Calderón de Valladolid

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Tengo un abono para el Teatro Calderón de Valladolid. Aquí estos eventos están subvencionados y aunque el pago es por temporada (un palo) el resultado es que sale muy barato. Es una forma de obligarme una o dos veces al mes durante la temporada a ver otros tipos de espectáculos además de la televisión, el cine o los libros, y es muy variado: ópera, zarzuela, teatro clásico y moderno, flamenco….Cuando has ido tantas veces, siempre habrá alguna historia que contar; como cuando vivía en Madrid y tomaba todos los días el Metro: ¡Qué cantidad de historias!. Pero algunas son más interesantes que otras.

Fui a ver a Sara Baras y su espectáculo ‘Carmen’ con mi compañera. Tengo butaca de patio y centradita, fantástico, y como siempre, antes de sentarme y mientras me quito el abrigo, miro en mi derredor. Observo a la gente que se saluda como si solo se vieran en el teatro, siento el vértigo al ver personas de pié junto a la barandilla en las plateas, el gallinero lleno, la gente importante, aunque las desconozco, ocupando los palcos, y me fijo, sin saber porqué, que en uno de esos palcos privados hay un hombre, anciano ya, que permanece quieto, mirando impasible al escenario y la que supongo es su mujer le habla mientras se coloca en su asiento junto a él. Al empezar la música le susurra algo al oído y le acaricia la cara.

Cuando termina la función, el público aplaude a Sara exigiendo los bises; la mujer aplaude acaloradamente y se intuye lo que le dice al hombre: “¡Fantástico! ¿A que sí?”. Tras los bises de nuevo los aplausos, y me levanto para ponerme el abrigo mientras observo cómo la mujer, sonriente, le habla al hombre que permanece sentado sin moverse y que aún no ha quitado la vista del escenario.

Semanas más tarde la función era de danza clásica: Don Quixote de L. Minkus, interpretado por el Ballet du Capitole y dirigido por Nanette Glushak . Con curiosidad, miro al palco y veo al hombre ya situado en su sitio y a su mujer hablando con una guapa acomodadora, ambas sonrientes. Esta vez el hombre está más elegante; será por la calidad del espectáculo, supongo, pero su actitud es la misma: impasible y con la vista fija en el escenario. Acomodadora y acomodada se despiden y la mujer se acerca al hombre; le habla, le atusa con la mano el poco pelo que tiene y le sacude los hombros como si hubiera caído caspa. Se agacha y le dice algo al oído, le acaricia la mejilla, le da un beso… y se sienta. Se repite de nuevo la escena del palco al final del espectáculo: ella aplaude acaloradamente, le habla al hombre y le da un toquecito cariñoso en el hombro.

Al siguiente mes ya solo me interesaba el palco al llegar al teatro. La Compañía nacional de Teatro Clásico interpretaba ‘La Estrella de Sevilla’ de Lope de Vega (el actor principal es el pistolo de ‘Cámera Café’, increíblemente bueno). El hombre ya estaba allí, esta vez con pajarita y traje claro; más informal. Se me antojaba que la mujer se había acicalado mejor que otras veces; la veía más guapa y feliz y mucho más cariñosa con el hombre. La obra era bastante entretenida y a veces, entre risas, miraba a la mujer llorando de risa cuchicheando frases al hombre, que no variaba de actitud. Esta vez, me dio por pensar en el tipo de enfermedad que tendría el hombre y, dentro de lo que cabe, la suerte de tener junto a él una mujer que lo adoraba visiblemente y le cuidaba con tanta ternura.

Pero a la semana siguiente, al entrar en el patio de butacas me quedé paralizado: el palco estaba vacío. ¿Por qué me preocupaba por esa pareja desconocida?. Había formado parte de mi rutina habitual y su ausencia me descolocaba. ¿Qué les habría pasado?

Era la ópera “L’infideltá delusa” de Haydn, preciosa y muy bien interpretada por cantantes jóvenes. Cuando Filippo, uno de los personajes de la obra, canta “¡Sabes cómo son las muchachas: de humor tan particular como el de los gatos. Cuando maúllan, eso es amor!", se me fue la vista al palco vacío y sentí un poquitín de tristeza. Al salir del patio de butacas vi a la acomodadora que hablaba la semana pasada con la mujer en el palco y me acerqué a ella para preguntarla; “Por favor, por curiosidad, en el palco de la primera planta, a la izquierda… “, “Si ya sé…” me interrumpió encogiéndose de hombros, “… murió la marquesa y quitamos el muñeco”.

domingo, 15 de febrero de 2009

Mi primer trauma.

Generalmente nunca hablo de mí en mis entradas, pero como veo que todos lo hacéis, me he lanzado y he decidido empezar con los traumas infantiles.

Quizá solo cuente éste, por ser del que me acuerdo con más claridad, y por ser el único que ha corrido de boca a oreja por toda mi familia. Ya lo saben casi todos, así que ¡Qué mas dá!.

Yo ya soy mayor, así que entenderéis que cuando yo era niñín, mis hermanos (7, y yo 8) escribían cartas de esas que se meten en un sobre cerrado con un sello de Franco y apuntando la dirección van a un buzón que hay en medio de la calle.

En aquella época, el ser el pequeño de la casa (yo) significaba, entre otras cosas, ser el recadero de la familia. Todos los días iba a comprar el periódico (edición vespertina) y una cervecita fría a mi padre (no teníamos nevera). Esto entre otras cosas, porque con tanto hermano, siempre había alguna carta para echar al buzón. Y siempre con la misma consigna: "Recuerda decirle al buzón a donde tiene que enviar la carta". Inocente de mí, ahí me veis empinándome para meter la carta por la boca del buzón y dando un grito para que no hubiera dudas: "¡ A Toledo!".

Podéis empezar a reír. Os dejo un rato.


Pero por si sólo os habéis sonreído, continúo.

He aquí que recién terminada la carrera, uno de mis hermanos decide casarse. Imaginaros la montaña de invitaciones que me hicieron ir metiendo en sobres, todos igualitos, y cómo sudaba pensando en el jodido buzón. Yo preparaba los sobres, mi hermano iba escribiendo direcciones, y cuando había un montoncito asimilable bajaba al buzón. Los metía con esfuerzo de uno en uno y muy serio iba leyendo el destino y lo cantaba a grito pelado: "¡A Barcelona!....¡A Bilbao!.... ¡A Sevilla la Nueva!....¡A Leganés!....."

Cuando bajé la segunda vez había un corrillo de gente que a distancia prudente, se reía sonoramente cada vez que cantaba el destino de la misiva ante mi mirada seria, y ya cabreado. "Pues sí que tiene gracia la cosa. Está mal que se rían de un pobre niño que solo cumple con su obligación". Bajaría al buzón unas siete veces, y todas las veces lo mismo.

No sé en qué momento de mi inocente existencia, caí en la cuenta de que todo era una broma de mis hermanos, pero de vez en cuando pasa ante mí el recuerdo de un montón de caras de gente del barrio que infinitas veces se han reído de mí. Y muero de vergüenza.

Pasó mucho tiempo, he tenido hijos y muchísimos sobrinos, y un día lo comento en una fiesta familiar y tras muchas risas, ningún hermano podía creer que hubiera sido capaz de hacerles caso en una cosa tan tonta.

Bueno, he sobrevivido al trauma y me sigo llevando bien con ellos..... a pesar de todo.

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viernes, 13 de febrero de 2009

La vida gris



Gris. Alberto estaba harto del gris. El gris del sofá y los sillones, de la alfombra, del chal de su madre, anciana ya, de las medias de su madre, de las alpargatas de su madre, del pelo de su madre....Los visillos eran ocres, claros pero muy tupidos, haciendo aún más gris la salita, preparada solo para las visitas, sin radio, sin televisión, sin libros... solo adornos y un pequeño mueble bar. La cocina estaba prácticamente ocupada por una mesa en el centro, la mecedora en que casi constantemente se sentaba su madre a ver la televisión que había sobre la encimera y dos sillas, que a Alberto se le antojaba que una sobraba, pero no había manera de retirarla. Y muebles blancos que colgaban de paredes de alicatado blanco o descansaban sobre un suelo de losas de granito claro, repletos de platos de loza blancos, soperas de loza blancas, ensaladeras de loza blancas, tazas, tazones y tacitas de loza blancas... los vasos de vidrio transparente eran un lujo para Alberto. Y sobre ese fondo blanco resaltaba la gris matriarca de la pequeña familia, meciéndose en su mecedora con su gris chal, los brazos cruzados mientras mira la televisión o jugueteando con sus dedos enredando lana con el ganchillo.

Así que se refugiaba en su pequeña habitación llena de carteles, fotos, libros y ropa desperdigada que otorgaba un aire multicolor a su estancia en casa de su madre. Pero no gozaba de excesiva tranquilidad; cada corto espacio de tiempo se abría la puerta y aparecía ella ofreciendo mimos y labores no solicitadas: “¿Te traigo la merienda, hijo?”, “Hace frío, debieras abrigarte.”, “Deja de leer y ven a ver la tele conmigo”, “¿Te ordeno un poco la habitación? Al menos déjame que guarde tu ropa.”.... Era fácil entender las razones por las que se comportaba de esa manera, su pronta viudedad, su único hijo... pero Alberto se consideraba no culpable de esa situación y no cedía a las pretensiones de su madre. Siempre las mismas respuestas, con media sonrisa y, según él, con paciencia infinita: “No, mamá, nunca meriendo”, “No tengo frío, mamá, y la calefacción está encendida. Si me abrigo, sudo.”, “No veo televisión, mamá, sólo noticias y alguna película de esas que ponen a horas intempestivas, y no es esa la proposición, ¿verdad?”, “Deja mis cosas donde están, mamá, me gusta que estén así y así es como más fácil las encuentro cuando las necesito ¿vale?.”

Sus amigos más íntimos eran también compañeros de trabajo. Julián y Andrés iban alguna vez a su casa a cambiarse libros o a pasar tardes lluviosas intercambiando criterios sobre algún texto o escuchando música de gusto común. La madre de Alberto se deshacía en atenciones y sonreían ante la desesperación de Alberto, aceptando con sincera amabilidad el café y las magdalenas que les ofrecía. Una vez solos de nuevo, Alberto protestaba y se burlaba de ella disimulando su desesperación, provocando hilaridad a sus compañeros.

Por las mañanas se topaba con la sonrisa de su madre y se encontraba en la cocina el desayuno preparado. Invariablemente, cada mañana, tiraba por el desagüe del fregadero parte del café con leche, añadía más café, retiraba la tostada y sacaba de un armario una caja de galletas, y las tomaba mirando con indiferencia a su madre, que, como siempre, le observaba sentada meciéndose en la mecedora y sin perder la sonrisa.

Mientras caminaba hacia su oficina se desahogaba consigo mismo increpándose el no realizar nada para evitar esa monotonía en la parte doméstica de su vida. “¿Qué puedo hacer? Cada vez lo soporto peor, me agobia la casa, me agobia mamá, sólo tengo una libertad limitada al espacio de mi habitación. En el fondo me da pena, pero... No, no es pena. Me tiene atado, procuro no llegar tarde a casa para que no se preocupe, no puedo llevar amigas a casa, no nos deja en paz, y eso que no tengo intenciones con ninguna, pero me avergüenza, y cada vez tengo menos amigas. No hace caso a nada de lo que le digo y aguanta mis desplantes y mis rechazos a cambio de tenerme siempre en casa. ¿He disfrutado alguna vez de su ausencia? Ni me acuerdo. He de hacer algo, tiene que darse cuenta que sus deseos no pueden limitar mi libertad. Me está atontando, la vida no es tan larga, soy joven aún... ¡Qué puedo hacer!...”

La parte laboral del día la utilizaba para evitar pensar en su casa y en su madre; procuraba estar siempre ocupado, bromeaba con compañeras... pero siempre había una o dos llamadas telefónicas para saber si iba a casa a comer (que nunca lo hacía) y qué le parecía lo que iba a preparar para cenar. ”No, mamá. No voy a comer y no me prepares cena, por favor”. Así que sólo le quedaba almorzar con sus amigos y entretenerse con ellos sin demasiadas prisas a la salida de la oficina, en un bar o en un corto y placentero paseo.

De regreso a casa volvía la depresión. Ya sabía lo que le esperaba, “Vienes tarde, estaba preocupada”, “Te he preparado la cena y la cama...” y de nuevo siempre las mismas respuestas, “Siempre vengo a la misma hora más o menos, mamá”, “Tu comida y la mía son distintas, y he tomado algo con mis amigos, deja que yo me la prepare si la necesito, me pones demasiada cena..., mamá.”

Como cada día, casi toda su cena acaba en la basura, y se conforma con una manzana o un trozo de embutido mientras lee o escucha música en su habitación. Pero regresaba la angustia. Leía y algunas de las palabras le desconcentraban; “madre”, “vida”, “amor”, “aire libre”, “cárcel”, “hogar”, “muerte”...”Me voy. Pero... ¿qué clase de hijo soy?... Ya estamos, su tenaza, su cadena, me tiene retenido... ¿Por qué no me hace caso? ¿No podemos vivir juntos pero libres? ¿No la he hecho ver que no quiero su desayuno, su cena, su permanente compañía? ...”

Una mañana hubo sorpresa en su empresa. Una inesperable paga por los cuantiosos beneficios del año anterior y un aumento de sueldo con atrasos de varios meses hizo estallar un conjunto de conjeturas entre todos los trabajadores. Julián creía que sería para pedir algo a cambio y ya habían sido explotados suficientemente; Andrés, en cambio, pensaba que ese era el resultado precisamente de haber trabajo mucho y bien; se lo merecían. Respecto a qué hacer con el dinero se escuchó de todo; cambiar de televisor, de muebles, invertir, opíparas cenas, viajes... “¡Un viaje! Precisamente las horas extras del año pasado las cobré en días libres que aún no he disfrutado ¿para qué?. ¡Un viaje! No tiene que ser lejos, no deseo conocer otros lugares, lo que quiero es estar solo una temporada, en otro lugar, sin obligaciones, sólo ocuparme de mí, libre, libre, libre... Mamá tendrá que acostumbrarse a mi ausencia, verá que no pasa nada, que al fin y al cabo luego regreso, y que puedo estar sin ella; la obligaré a que deje mis comidas, mis desayunos y mi cama en paz, que yo sé ocuparme de ello; realizaré mis compras sin sus pesados consejos... Tiene que ver que soy capaz de ello; será duro la primera vez para ella, pero seguiré en casa hasta que se muera sólo si deja de ser tan pesada conmigo y me deja libre, libre...”

No dijo nada a sus compañeros; aún no sabía qué hacer ni a donde ir, así que a pesar de todo no lo celebró con ellos. “Ni un céntimo más en gastos, todo esto más lo poco que he ahorrado será para pagar mi libertad; desapareceré; nadie, ni mamá, sabrán donde estoy. No quiero saber nada de nadie, ni que nadie sepa nada de mí...”

El habitual tiempo que perdía a la salida del trabajo lo ocupó visitando agencias de viajes, sopesando precios, calculando gastos, y encontró un recóndito lugar, con montes, valles, y ambiente tranquilo, familiar y rural; poca gente, junto a un pequeñísimo pueblo y alejado de rutas turísticas... Ropa cómoda, un par de libros, y a no hacer nada.... El paraíso.

Esa tarde no miró a la cara a su madre; estaba abstraído en sus planes, y pese a ello realizó como un autómata todo el ritual de las cenas: un par de bocados, coger una manzana y encerrarse en la habitación. Y hacer cuentas y limar sus planes... “Calculo que puedo estar dos semanas sin gastos superfluos, pero... podría darme un pequeño lujo si estoy algo menos, pongamos diez días. Será suficiente, y si sobra, el resto de días libres los disfrutaré más tarde de la misma forma; incluso podría hacerlo un fin de semana al mes. No puedo creerlo, voy a ser el hombre más feliz del planeta...”

Tuvo hermosos sueños esa noche, carreras por el campo, viajes en fantásticos barcos, bellas mujeres... Tampoco vio la cara de su madre a la mañana siguiente y se despidió sin mirarla. El camino al trabajo fue más ilusionado que nunca, “¿Habrá chimenea?, ¿mujeres en el pueblo?, ¿animalillos salvajes?...” En esa tesitura visitó la oficina de recursos humanos y obtuvo sus libranzas a partir del día siguiente; “mejor, cuanto antes mejor, más corta la despedida, menos días de angustia, y antes llegará el día de mi libertad; ¡que nervios!”

Tal como lo tenía planeado, no lo informó a sus compañeros; “lo entenderán”. Pasó por la agencia de viajes y consiguió lo que quería, incluso podría salir en el tren esa misma tarde, tenía tiempo suficiente; le recogerían en la estación destino y le llevarían en coche al pequeño hotel, sin problemas.

Así que entró en casa eufórico dispuesto a hacer sus maletas lo más rápidamente posible y salir con celeridad hacia la estación; prefería esperar allí en vez de en casa. Las razones le resultaban evidentes. “Mamá, me voy unos días fuera a disfrutar de mi libertad de una vez por todas”, coge la maleta de encima del armario y la abre sobre la cama, “pero, hijo, ¿a dónde vas?”, “no te diré el sitio, ni cuando volveré”, ropa interior, camisetas de manga corta, “no puedes irte así, ¿y tu trabajo?”, camisetas de manga larga por si acaso, y sin mirar a su madre a la cara, “de esta no me echan, no hay de qué preocuparse”, “hijo, me asustas, ¿qué te pasa?” unos jerséis finitos y un par de gruesos por si acaso, ”me pasa que estoy harto de esta vida de mierda y tengo que desahogarme, respirar y limpiar mi cerebro”, aquí caben los útiles de baño, peine, cepillo de dientes, crema, maquinilla de afeitar, “hijo mío, ¿desahogarte de qué?”, colonia, busca una bolsa para guardar zapatos, “¿de qué?, ¡de tu presencia! Tu gris presencia, sólo gris como mi existencia, gris y amarga, ¡ya está bien!”, sigue sin mirarla a la cara pese a estar dirigiéndose a ella, elige libros, escucha sollozos, “hablaremos estos días al menos, ¿no?”, un par de toallas por si acaso, “no hay teléfono allí donde voy, y si lo hay no lo buscaré”, el dinero aquí en este habitáculo con cremallera, “por favor, hijo, llama de vez en cuando, y avisa cuando vengas para prepararte cena...”, los sollozos no le ablandan, al contrario, se ha enfurecido, cierra los puños y mira al techo de la habitación, “¡no sé cuando volveré!, ¡no quiero tus cenas, ni tus desayunos!, ¡¡los odio!!”, baja los brazos y lanza un profundo suspiro, “para cuando regrese se acabaron, mamá; yo compraré mi comida, yo me haré la cena y me prepararé el desayuno; y no toques nada de mi habitación, ya me haré la cama yo solito”, no ha mirado a su madre en todo el día, ahora tampoco, sólo la escucha llorar, pero no se conmueve y se concentra en repasar el contenido de su equipaje, cierra la maleta, se vuelve a poner la chaqueta, observa de nuevo el billete de tren, comprueba la hora, “tengo que irme”, levanta la maleta de la cama, la coloca en el suelo, baja la persiana de su habitación y se sorprende por ello, esboza una media sonrisa, coge la maleta y sale de la habitación, apenas rozando a su madre que llora y se tapa la cara apoyada en el marco de la puerta, “adiós”, y sale de casa con un golpe de puerta que parece medido, ni portazo ni cerrando suave, algo que muestre claramente su indiferencia a todo aquello que no sea útil a su inmediato fin.

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Ya han pasado los días y Alberto está de vuelta. Ha disfrutado; ha respirado aire puro, ha flirteado con la dueña del hotel, tuvo devaneos furtivos con otra turista solitaria y con una empleada de la limpieza, paseos por el campo, tranquilos momentos de lectura, siestas a la sombra de un olivo... y no ha pensado en la existencia de su madre. Sin su presión, se olvidó de ella inmediatamente, y solo pensó en sí mismo, en su libertad recuperada, incluso su actitud con las personas que le rodeaban, sobre todo con la turista solitaria y con la dueña solterona de buen ver, fueron para él una sorpresa; se sorprendía de sí mismo, “nunca pensé que fuera capaz de ...”.
Así que regresó con un aire nuevo, alegre, más estirado y más confiado de sí mismo. El viaje de vuelta lo realizó pensando en lo corto que le había resultado el tiempo de disfrute de la vida; “lo volveré a hacer; siento necesidad de ello”, y solo se acordó de su madre en el trayecto de la estación a su casa: “No, no tomaré taxi, iré andando. Si ha estado sola diez días, podrá estarlo un rato más; ¿habrá captado el mensaje? Espero que me deje tranquilo de una vez por todas; si no lo hace, me volveré a ir en cuanto pueda; solo dejaré espacios más prolongados si me encuentro bien en casa; en ese casó saldré menos pero durante más tiempo. ¡Qué bien me lo he pasado! Angélica me ha dado su dirección; está a más de cien kilómetros de aquí, pero dice que puedo estar unos días en su casa. Curioso, no quería entrar en mi habitación ni que yo entrara a la suya por que la daba vergüenza que lo supiera el personal del hotel, así que ¡ala! al campo, al pinar, y casi de noche; ha sido incómodo, pero la volveré a ver en mejor situación. Además, gracias a ello he podido tontear con la dueña que me ha invitado al café y al postre todos los días, y con Juanita... ¡buf! ha sido estupendo, quizá muy rápidos nuestros lujuriosos momentos, pero ¡que pasión y que cuerpo!, tiene un cuerpo maravilloso y ha merecido la pena aguantar con la habitación sin arreglar varios días; ese era el precio, estaba conmigo el tiempo equivalente al de arreglar la habitación para que no hubiera sospechas. Lloraba cuando me iba, y doña Luisa no entendía por qué. ¿No ha tenido Juanita devaneos con otros clientes?. Increíble.”

A dos manzanas de su casa había un pequeño parque. Alberto se paró y miró al portal con incertidumbre. Estaba recuperando su vida cotidiana; miraba las calles y sentía que los diez días anteriores iban a pasar al recuerdo. Al día siguiente tendría que ir a trabajar de nuevo, y otra vez a vivir con su madre. Se sentó en un banco para estudiar cual iba a ser su estrategia con su madre; como iba a ser su entrada en un estado nuevo de las cosas, porque todo tenía que cambiar; él era un hombre nuevo, y todo a su alrededor tenía que tomar nueva forma. En ese momento vio a Andrés que se acercaba al portal y pulsaba en el telefonillo para, suponía, saber si había llegado. Al rato se marchó con rostro de preocupación y Alberto sonrió; “tengo que cambiar de amigos, ahora me veo por encima de ellos, soy mejor que ellos, soy libre, hago lo que quiero y no me preocupa nada; tengo el mundo a mis pies.”

Cuando Andrés se perdió de vista se puso en pié, y con aire resuelto se dirigió a su casa. ”La saludaré y me iré a la habitación como si fuera esta mañana cuando la vi por última vez, espero que haya cambiado, que vea que regreso siempre y que puedo estar fuera el tiempo que me dé la gana, y deje de acosarme porque no va a conseguir así nada positivo de mí.”

Entró en casa con tranquilidad, y sin mirar a ningún sitio específico saludó a la casa entera; “¡Hola, ya estoy aquí!” y pasó directamente a su habitación; abrió la maleta y canturreando fue guardando cosas. Cuando terminó descubrió que tenía hambre; se dirigió a la cocina y allí estaba su madre, meciéndose en la mecedora como era su costumbre mientras hacía su labor de punto y mirándole con la sonrisa habitual. Y la televisión apagada, pero no quiso hacer ningún comentario al respecto. ”Todo bien, ¿verdad?” y sólo una sonrisa por respuesta. “Querrá castigarme, pero solo recibiré premios.”

“¡Así me gusta!” dijo entonces, y abrió la nevera y se dispuso a preparar su cena. “Veo que hay pocas cosas, mañana iré a comprar” dijo, y pensó: “Creo que ha entendido el mensaje, ¡por fin!”. Mientras cenaba, su madre no dejó de sonreír, y como no estaba acostumbrado al silencio encendió la televisión.

Más tarde, en su habitación, también echó de menos las constantes entradas de su madre, y pensó que parecía que le había entendido y que no le guardaba rencor, pero seguía teniendo la sensación de que su madre tenía la intención de castigarle. Se echó a reír sonoramente; ahora es cuando no puede castigarle de ningún modo, al contrario, si ella se porta bien, el no la hará sufrir.
Al ir al baño antes de acostarse se dio cuenta que la televisión seguía encendida y le extrañó que su madre no la apagara, ya que la programación que eligió mientras cenaba no era precisamente de su gusto. “Esto debe ser parte del ridículo castigo que me impone: yo enciendo la televisión, yo deberé apagarla. Bueno, es incluso justo y fácil.” Se dirigió a la cocina y allí estaba su madre, como siempre, y le saludó con una sonrisa. Apagó la televisión y seguía sonriendo. Andrés sonrió también y dijo: “Hasta mañana; debieras acostarte.” Y dio media vuelta y regresó a su habitación meneando la cabeza y haciendo gestos de divertida incomprensión.

A la mañana siguiente, su madre ya estaba en la cocina haciendo punto en su mecedora y recibiendo a su hijo con su tenue sonrisa. Alberto se preparó el desayuno y se sentó a la mesa ante su madre. De nuevo le vino la nausea por el permanente color gris de su madre, su pelo, su chal, su blusa, su falda, sus calcetines... y ahora se le antojaba que también su piel se estaba volviendo gris. Y el resto, blanco como la leche, para destacar este gris que revolvía el estómago. Dejó de desayunar y echó a la pila de fregar los útiles que había usado. Se despidió secamente y se fue a trabajar.

El camino al trabajo fue distinto a como era antes de su corto viaje. Le preocupaba algo la actitud de su madre, pero pensó que sería fácil de superar. Y sus nauseas por el color gris también se superarían, porque no conseguiría vestir a su madre de rojo, por ejemplo, pensó con una sonrisa. Y esos cacharros blancos por todos lados, puestos expresamente para destacar a su madre, los iría cambiando poco a poco. “O mejor aún, mi plato, mi vaso, mi taza y hasta mi servilleta y un salvamanteles que me pienso comprar, serán de cualquier color menos gris y blanco, para que destaquen más que ella.” Recuperó entonces la alegría y entró a trabajar totalmente rejuvenecido ante la estupefacción de sus compañeros.

“Rabiar, malditos; no sabéis lo que os perdéis aguantando en vuestra inmensa mentira. La libertad está ahí fuera, y tenéis que descubrirla vosotros, si realmente la merecéis. He cambiado sin vuestro permiso y sin avisaros, por eso me miráis así, extrañados de que alguien salga del rebaño. Soy otro, el anterior ha muerto o se ha reencarnado en una vida superior. Con mi nuevo ánimo os pisaré a todos; o pasaré sobre vuestras cabezas volando como una orgullosa águila real mirando desde lo alto el mundo que domina.”

Andrés le preguntó: “Alberto, ¿estás bien?” y Alberto le mira y le sonríe condescendientemente; “Nunca he estado mejor”. Observa con orgullo cómo todos le miran fijamente y hablan entre sí mirándole de reojo; “Hablan de mí, es indudable que se me nota el cambio, y ha sido tan radical que Andrés piensa que estoy enfermo. ¡Iluso!, lo que estoy es eufórico y feliz por el tremendo escalón que he subido. Andrés y Julián cuchichean. Saben que me han perdido, no soy de ellos. Espero que se den cuenta enseguida y me faciliten el trago de repudiarles como amigos.”

Julián quiso hablar con él y se excusó con la necesidad de ponerse al día, y le dijo que hablarían durante la comida; sin embargo a la hora de comer volvió a excusarse pues se iba a comer a casa, con su madre a quien no veía desde hace días.

Andrés y Julián se miraron muy serios y no se atrevieron a decir nada, viendo como el nuevo Alberto salía de la oficina.

Parece que tardarán en darse cuenta, voy a tener que ser directo con ellos, y es desagradable ya que trabajamos juntos. Con lo fácil que sería que cada uno de nosotros estuviera en su lugar, en su nivel, en su mundo, y no intentara entrar en un mundo que no les corresponde. Nos vemos, nos damos los buenos días y se acabó, esa debe ser nuestra relación.”

Compró comida rápida y fue a casa a comer. Ya había intuido que su madre no había comprado nada y quiso darle una sorpresa para que viera de lo que era capaz. Como su madre no le esperaba y esta vez no le llamó por teléfono, no había comida en casa, pero él preparó rápidamente su comida y comió ante su madre que estaba de forma perenne en su mecedora, con su sonrisa afable. Al recoger la mesa se dio cuenta que en la pila estaban aún los cacharros de su desayuno. “Bien, no me importa, lo único es que vas a aguantar esta cacharrería hasta la noche, porque yo ahora no tengo tiempo para fregar.”

Volvió a entrar contento a la oficina, realizó gran parte del trabajo atrasado y se despidió con una sonrisa amplia ante la nueva estupefacción de sus compañeros. “Si creen que voy a mezclarme con ellos de nuevo en bares y juergas, están equivocados. Espero que con esta despedida lo entiendan”

De vuelta a casa, lo primero que hizo fue fregar todos los cacharros. Lo hizo tarareando canciones para que no pareciera que lo hacía a disgusto y mirando de vez en cuando a su madre que sonreía con una sonrisa más amplia que en otras ocasiones. Y sonó el timbre del portal. Alberto miró a su madre como haciéndola ver que ella debería contestar pero su madre fue perdiendo la sonrisa y dejó de mecerse, pero no se levantó. “No pienso perder el tiempo enfadándome contigo”, pensó; se secó las manos y preguntó por el telefonillo; era Andrés. “¿Es que no va a dejar de intentarlo?”, pero le dejó subir. Andrés quería hablar con él, y pensó que sería buena idea hacerlo delante de su madre, para que ésta viera lo que había cambiado. Iba a ser muy claro con Andrés.
Le hizo pasar a la cocina y le sentó en la silla que siempre pensó que sobraba, lo que le produjo hilaridad y le hizo sonreír.

- Bueno, cuéntame.
- Quiero pensar que hay algo que no sabes, Alberto.

Alberto levantó las cejas con incredulidad, pero miró a su madre y la vio seria y un poco asustada, lo que le dejó intrigado. Volvió su rostro a Andrés que miraba alternativamente a la mecedora y a él y le pidió explicaciones.

- El primer día que faltaste al trabajo llamó tu madre. Quería saber dónde estabas.

Volvió a mirar a su madre; estaba aún más asustada y le miraba con tristeza. Sin dejar de mirarla pidió que continuara.

- Me dijo que se encontraba muy mal y que necesitaba encontrarte; dijo que te fuiste de viaje, pero no sabíamos dónde te habías ido.

Su madre estaba más gris que nunca, un gris clarito, como difuminándose...

- Julián y yo vinimos a verla inmediatamente – continuó – se encontraba muy mal, respiraba con mucha dificultad y estaba muy pálida. La llevamos al hospital y murió esa misma tarde. Lo siento, Alberto.

Alberto vio a su madre asustada y triste, desvaneciéndose lentamente, y antes de desaparecer definitivamente se llevó una mano a la boca y dirigió la otra hacia su hijo.


P.D. Todas las ilustraciones tienen el mismo título: Mujer sentada. Son de Picasso, Julio Gonzalez y Georges Seurat.
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jueves, 12 de febrero de 2009

Sueños de sueños

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Dedicado a
Miguel y Ana Pedraza, con quien comparto problemas existenciales con los sueños.



Pues sí, tenemos varias memorias. Todo lo que captan nuestros sentidos pasan por la primera memoria, sensorial, donde se distingue el sentido por donde se capta (vista, oido, etc..), milimilimilisegundos después pasa a la operativa o de corto plazo, donde se decide si lo percibido es importante o nó, vamos que si merece la pena recordarse, y por último pasa a la memoria de largo plazo, donde se almacena la información.

Como nada es perfecto en el cuerpo humano, alguna vez, se salta la memoria operativa y se almacena directamente en la de largo plazo, nadie sabe porqué, y nos encontramos con la sensación de que lo que acabamos de ver ya estaba almacenado, que lo hemos visto antes. Es el famoso "ya he estado aquí" cuando sabemos que es imposible, que es la primera vez. Se llama "Dejà vú", del francés, "Ya visto". Seguro que a todos nos ha pasado alguna vez.

Los sueños, no nos entran a través de los sentidos, sino que van a al revés: algunos datos almacenados en la memoria a largo plazo pasan a la operativa y recrean historias o sensaciones. Como esta memoria es a corto plazo, dicha recreación se hace en unos segundos, aunque la historia sea de horas. Si la sensación soñada es fuerte, podemos despertarnos, y si las tratamos de recordar, las contamos o las escribimos, pasan a la memoria de largo plazo; nos acordaremos. Pero si damos media vuelta y nos dormimos otra vez, o por la mañana no le damos importancia, no pasan al almacén de la memoria a largo plazo y se olvida todo.

Una vez coloqué en mi mesilla de noche un cuaderno y un bolígrafo para escribir lo que soñaba si me despertaba. Pues bien, esa noche tuve un sueño maravilloso, creé y recité el poema más hermoso que jamás había oído, me encontraba excitado de la emoción y me desperté, así que encendí la luz, rápidamente tiré de boli y lo escribí de memoria. Era maravilloso, lo releí varias veces emocionado; incluso lloré. Apagué la luz y regresé a los brazos de Morfeo mas feliz que nunca.

A la mañana siguiente tuve un despertar de esos suaves, relajados y hermosos. Me levanté lentamente y recordé que escribí un hermoso poema en el cuaderno. Lo tomé, y estaba en blanco. Soñé que soñaba, y no recordaba el poema.


P.D.: La pintura es del maravilloso pintor iraní Iman Maleki
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miércoles, 11 de febrero de 2009

¡Qué bonito es Praga!



¡Qué bonito es Praga!

El señor P., alias Chico, pasea por sus calles más turísticas con la indumentaria más típica de los visitantes: todo ropa informal y cómoda, una botella de agua, cámara fotográfica colgando del cuello, sombrero para cubrirse del sol, plano de la ciudad en el bolsillo… y una pequeña mochila verde colgando de un hombro. Ha llegado por la mañana, muy temprano, y se irá antes de comer.

No es la primera vez que visita la ciudad, pero esta vez es por un trabajo especial, y sospecha que tardará en poder regresar a verla; así que de vez en cuando se para para hacer una foto, a una tienda, un edificio o una placita de las muchas que hay. Tiene tiempo y baja lentamente la cuesta desde el castillo al Puente de Karlos, lo recorre, presta atención a los artistas que muestran su arte sobre el puente y toca la figura que trae buena suerte.

Al final del puente pasa a la zona de tiendas de recuerdos para turistas y se recrea en los objetos que venden con una sonrisa burlona. Siempre le hacen gracia esas cosas, en cualquier parte del mundo. Sigue por callejones dirigiéndose a la Plaza Vieja, pasando ya por librerías y tiendas de música en las que suena, como siempre, música clásica por los altavoces que colocan en el exterior. Se recrea en sus escaparates y entra en una de las tiendas. Pregunta por discos de Steve Vai y tras unos segundos de incertidumbre le indican el final de la tienda. Allí, tras una pared con estanterías repletas de discos se entretiene unos segundos buscando entre ellos. En el suelo hay una pequeña mochila exactamente igual a la suya y sin quitar la vista de la estantería deja su mochila cerca. Por fin escoge un CD y, mientras lo lee recoge la otra mochila y se dirige de nuevo al mostrador; paga y sale de la tienda. Llega por fin a la plaza y se mezcla con los turistas que se agolpan frente al ayuntamiento para ver los movimientos del viejo reloj al dar las horas. Disfruta con ello, hace fotografías y cuando los turistas se dispersan mira alrededor en busca de un sitio donde sentarse.


Se dirige hacia una terraza y se sienta junto a la esquina de un callejón. Le habían dicho que se reunirá en ese lugar con una persona que le pediría el material, hará la entrega y se acabó el trabajo. Se pide una cerveza bien fría y espera. Pero no pasa mucho tiempo cuando ve acercarse, lejos, casi en la iglesia de San Pablo, a un hombre vestido totalmente de blanco, traje de chaqueta, sombrero, y solo destacando su corbata oscura. Le reconoce; era tal y como se lo habían descrito. Se incorpora un poco y se acerca la mochila.

Cuando estuvo suficientemente cerca se levanta y sonrie. El hombre se acerca, se estrechan la mano y se sientan. “¿Trajo lo que pedí?”, pregunta con acento del sur de América; “¡Claro!” contesta Chico, y cogiendo la mochila con la mano izquierda, introduce la derecha en ella mientras se pone en pié. Saca una pistola con silenciador, le apunta a la cabeza y dispara dos veces. Después con paso firme, pero sin correr, desaparece por el callejón.

Pasea de nuevo por los callejones y se detiene ante una jarra que hay en un escaparate. Se acuerda de la que dejó en el bar, llena de cerveza: “¡Qué pena!, estaba fresquita”. Entra en la tienda de discos y pide cambiar el recién comprado por otro; no solo cambia de CD sino que recupera su mochila por el método anterior, sale de la tienda despidiéndose y unos momentos después toma un taxi para ir al aeropuerto.

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martes, 10 de febrero de 2009

Gracias, Martikka



He tardado unos 35 años en hacer público lo que escribo. He escrito historias y poemas que se han perdido en una papelera, en el fuego o han sido regaladas y vete a saber donde están.

He descubierto tarde la blogosfera, pero nunca es tarde, parece ser, y aquí estoy, recibiendo mi primer premio y comentarios que me incitan a continuar. Gracias a todos; os quiero.

El premio me lo otorga Martikka en su blog junto a otros blogueros de muy alta calidad, por lo que me pone el listón muy alto para mantenerme en este saco de gente autentica; procuraré estar a la altura, aunque por ahora aprendo más de ellos de lo que yo les puedo enseñar.

No olvidaré el primer comentario recibido ("JaJa como se nota que eres nuevo en esto") en un post publicado por error en vez de tenerlo guardadito hasta terminarlo. La razón es que empecé a bloguear a partir del perfil del autor del comentario; y hasta aquí he llegado.

He visto post en que el bloguero cuenta su vida cotidiana o impresiones a partir de una noticia o un hecho acaecido de forma espontanea (como la mierda que pisa Miguel cuando va a una entrevista de trabajo, pero la suerte no le acompaña, por ejemplo) y a través de estos post, voy recibiendo datos sobre el firmante y acabo conociéndoles un poquito más. Yo soy muy malo para eso, aunque lo intentaré.

De todas formas, dicen que un escritor plasma parte de su vida en cada una de sus obras; es decir, toda su obra es autobiográfica. Leyéndola pueden encontrarse datos biográficos y sobre como piensa en multitud de temas. Yo lo creo así. La mayor parte de las veces lo escrito no es más que un soporte para expresar lo que siento, aunque sea un cuento infantil. Como el que escribe poesías, aunque en mi caso cueste un poco cazarlo.

Me he puesto un tope, al igual que Martikka, y cuando cumpla los siete meses de blog comenzaré a daros premios a todos vosotros, mis influyentes compañeros de viaje.

De nuevo quiero daros gracias a todos, sobre todo a Carmen, mi Carmen, mi compañera, por el empeño que pone en que publique mis historias. Sin su empujón, no lo habría hecho.


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lunes, 9 de febrero de 2009

Doblemente Verde ( Parte III y última )

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De Escher-Imposibles


El caso es que el siguiente encuentro de Raúl consigo mismo sucedió en una estación ferroviaria. La entrada al andén estaba en el extremo final de éste, y se dirigió hacia el principio por conveniencia de la salida en la estación destino, pero como escuchó al tren acercarse se detuvo con intención de observar donde caería la puerta del vagón. Y se quedó paralizado al observar a su supuesto contrario en el andén de enfrente, mirándole sudando y con los labios temblorosos. En ese momento pasó el tren ante él y se detuvo, pero no subió, sino que esperó su salida con la intención de hablarle y aclarar de una vez por todas sus dudas. No pudo ser; el tren salió y cuando pudo divisar de nuevo el otro andén ya no estaba. ¿Porqué se marchó?. Sin duda estaría asustado, pero era la oportunidad de aclarar el tema. No se movió del lugar ni apartó la mirada del andén de enfrente hasta que llegó otro tren. Se abrieron las puertas ante él y entró dubitativo al vagón. A su espalda se cerraron las puertas y se dio media vuelta; entonces vio a su doble tras el cristal de la puerta, desesperado, dando golpes y mirándole con rabia mientras el tren arrancaba.

Raúl pensó que su doble se había vuelto loco. Aparecía y desaparecía con distintos estados de ánimo y lo que era peor: le daba la sensación de que le estaba persiguiendo y comenzó a agobiarse. Tan mal se encontró que decidió acudir a profesionales, y éstos le recomendaron el grupo.

Los psicólogos, con ayuda de Alex, le convencieron para que volviera a los escenarios en que le ocurrían esas cosas. Estaban seguros de que no volverían a suceder en el mismo lugar y que Raúl se relajaría hasta su curación. Pero empeoraron las cosas.

Llegó a la estación tras un tortuoso recorrido en el que pasó por los estados de ánimo, preocupación, miedo y terror. En ese último estado se encontraba al llegar a la estación. Bajó tembloroso del vagón mirando hacia todas partes sin encontrarle y se dispuso a salir al exterior con visible excitación; pero al desaparecer el tren, lo vio en el andén de enfrente y, totalmente paralizado, comenzó a sudar. El otro personaje no le había visto aún y tenía la esperanza de que no lo hiciera, pero volvió el rostro y le descubrió. Fueron cinco segundos aguantándose la mirada, hasta que apareció el tren. Raúl, muy asustado corrió hacia el pasillo mas cercano, y se escondió en un pequeño recodo soportando su terror, su sudor, su trabajosa respiración, hasta que con alivio escuchó marcharse el tren. En ese momento le sobrevino la rabia, y comenzó a insultarse y a regañarse; ¿porqué huir?. Tenía que tropezar con él físicamente y acabar con esto de cualquier manera, así que al escuchar la llegada de otro tren, se le ocurrió que, quizás, en el estado de asombro en que le vio no subiría al tren y aún estaba en la estación. Con determinación y rabia corrió desesperadamente por el pasillo que le llevaría hasta el otro andén, y llegó a verle dentro del vagón con las puertas ya cerradas y se puso a golpearlas rabiosamente ante su atónita mirada.

No advirtió que era la misma escena anterior, pero vista desde el lado contrario, hasta que se lo comentó Alex; y decidió no viajar más en el suburbano.
Fernando dice que es fácil disfrazar la nada. Cierras los ojos y te imaginas el Mar Caribe, la fina arena de una playa, el chapoteo del agua al finalizar su viaje... y estás en el Mar Caribe. No hay nada; te convencen de lo que existe y tu lo ves; lo peor es que no sirve que abras los ojos, si los abres no verás nada, porque eso es lo que hay: nada.

Su intención al decir esto debió ser que cree que Raúl imagina a alguien como él para tenerle como percha de los golpes que da a su conciencia, como cuando se habla con la imagen del espejo y se le recriminan nuestros defectos (¡qué estúpido eres!) o nos alabamos (¡a que estoy guapo!). Buena teoría la suya para estar loco, pero Raúl cree que no fabrica ninguna realidad. Su realidad, si puede decirse así, existe porque es la realidad.

¿Cómo evitar la molesta realidad? No se sabe, pero por si acaso Raúl dejó de pasear por la gran avenida, y dejó de usar el trasporte público.

Raúl eligió el color verde porque la avenida de su primer suceso estaba ajardinada con gran cantidad de césped y el autobús era de la llamada Línea Verde por su recorrido a través de los parques de la localidad, pero él mismo reconoce su fijación por ese color; piensa que ese color le persigue e incluso se compra los objetos por ese color. Sin ir mas lejos su automóvil es verde; fundamental ahora que no utiliza transporte público.

No es un color muy habitual, y de hecho destaca entre el resto de los vehículos que circulan por la ciudad formando el denso tráfico local. Quizá por eso le llamó la atención, de forma fugaz, ver por el retrovisor otro vehículo verde cruzar por otra calle perpendicular a la avenida por la que circulaba. ¿Era el mismo modelo también? No tuvo tiempo de comprobarlo y no podía seguirlo en ese momento, así que se olvidó del caso temporalmente... hasta la mañana siguiente en que la curiosidad le hizo acercarse por la zona. Tomó la calle en que circulaba el otro coche el día anterior, a baja velocidad y mirando los aparcamientos. Cruzando la avenida por la que circulaba el día anterior lo vio; esta vez lo vio por detrás y distinguió perfectamente el modelo: era el mismo. No tenía capacidad de maniobra y no pudo seguirlo, pero en los últimos milisegundos distinguió el retrovisor derecho, ligeramente caído y sujeto con cinta aislante, como el suyo.

Llegó muy excitado a la reunión de la terapia y dijo que quería hablar con Alex exclusivamente, y así lo hizo. Le contó lo ocurrido, que a esas alturas no dejaba de ser otro encuentro como los anteriores, un poco mas leve tal vez, pero ahora se le había ocurrido una idea genial. Había descubierto que el suceso se repetía justo a la siguiente vez en que acudía al mismo escenario; es decir: las pautas temporal y local de la segunda parte de los sucesos la podía controlar. Cuando él quisiera, podría volver al lugar del suceso y provocar el encuentro. Lo intentaría varias veces si era necesario, procurando que el tiempo transcurrido entre sucesos fuera mínimo hasta lograr sincronizar los tiempos de ambos Raúles. Si lograba hacerlo, todo se solucionaría; no sabía cómo, pero en un mismo tiempo no podían coincidir los dos Raúl.

Alex siempre pensó que la pequeña locura de Raúl era superable y entendió que esa podía ser una solución. Ocurriera lo que ocurriera, estaba seguro de que el doble de Raúl desaparecería de su mente si se intentaba un contacto. Le sugirió que lo hiciera cuando apareciera la primera vez, pero, muy razonablemente, le explicó que en todas las ocasiones la primera vez era cuando mas le sorprendía, por lo que prefería la segunda; además, sabría exactamente donde se encontraba.

Estuvo varios días paseando y buscando un lugar idóneo para el contacto, pero no le convenía ninguno. Así que recorrió toda la ciudad en permanente vigilancia, mirando en todas las direcciones, pero el encuentro sucedió en el lugar mas inesperado y en el momento de mas cansancio, cuando más relajado estaba en la atención pretendida.

De Escher-Imposibles


Había en la ciudad una pequeña plaza peatonal porticada de forma redonda en la que confluían tres calles. Los edificios eran exactamente iguales, y se jugaba con los visitantes a visitarla y dar una vuelta en su derredor, cruzarla un par de veces y observarles, ya que quedaban totalmente desorientados. En ese lugar, paseando bajo los pórticos totalmente desolado, ocurrió lo más inesperado.

De repente volvió el rostro hacia el lado contrario de la plaza, y allí se encontraba. Ambos se sorprendieron al mismo tiempo nada mas verse, y ambos a la vez se escondieron rápidamente tras una columna. Raúl se apoyó contra la columna y respiró fuertemente varias veces como si se estuviera descargando de una carga interior, contó mentalmente hasta tres y corrió a la siguiente columna, observando que el otro hacía lo mismo. Lo realizó tres veces, hasta que al fin se decidió y de forma inesperada corrió hacia el lado contrario de la plaza con la intención de atravesarla; el otro hizo lo mismo, y gritándose alocadamente tropezaron en el mismo centro.

Raúl apareció inconsciente en la plaza y la policía lo trasladó a un centro hospitalario. Al parecer tuvo una lesión cerebral y dejó de mover una pierna, le fallan los dedos de una mano, necesita unas gafas de alta graduación y razona y habla muy mal. Al ver a Alex dijo torpemente: “Alex; ha desaparecido.”

Al recibir la noticia en el seno del grupo hubo un largo silencio que fue interrumpido por Andrés, que con suma tranquilidad se interesó por saber qué Raúl desapareció, y por Fernando que matizó que lo correcto era saber qué parte de Raúl ha desaparecido. Después la reunión se limitó a una acalorada discusión sobre el caso.

Lo que sucedió en el encuentro lo dedujo Alex. No se encontraron testigos que vieran lo que sucedió en el centro de la plaza; todos los entrevistados paseaban por los soportales y vieron extrañados, pero sin darle ninguna importancia, el peculiar comportamiento de Raúl. Entre los testigos no hubo acuerdo sobre el punto de la plaza en que se encontraba Raúl antes de correr hacia el centro.

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