miércoles, 26 de agosto de 2009

El brujo infinito




El anciano y famoso gran mago Don Anselmo Yarza de Ross yacía en su lecho paladeando los últimos instantes de su vida.

Hacía unas horas que dijo sus últimas voluntades a su fiel abogado y pidió a Manuel, su hijastro y alumno, que se mantuviera junto a él para darle sus últimas instrucciones. Agarró su mano y contempló su figura con perceptible felicidad, satisfecho por el trabajo realizado en la persona de ese joven.

Recordó aquel soleado domingo, hace veinte años, cuando visitó a la familia Mencía y lo descubrió escondido en el jardín de su mansión. El pequeño le preguntó cómo hizo para descubrirlo estando tan quieto y callado. ‘Soy mago, respondió, pero no he utilizado mi magia. Escuché tu respiración.’ Bastaron unos minutos para que aprendiera, de una breve lección, cómo no ser descubierto.

Don Anselmo observó, ese mismo día desde el balcón de la mansión, a la institutriz agobiada por no encontrar al niño que estaba prácticamente a sus pies, junto a un arbusto. Aprendió rápido; con poca práctica en pocos años lograría la invisibilidad. Maravillado por esa facilidad en el aprendizaje, decidió tenerle como alumno privilegiado al que pasar su sabiduría, no solo del ilusionismo y la magia, sino también de la brujería, que era en realidad lo que le hacía sentirse dueño del universo.

Los padres de Manuel, Don Javier y Doña Amelia, no aceptaron la oferta de Don Anselmo para que el niño viviera prácticamente en su mansión. Manuel y sus padres eran la familia Mencía al completo, y no querían desmembrarla ni con la promesa de un futuro prometedor para el menor, ya que con sus propias riquezas, dicho futuro estaba asegurado. Pero esto no es un obstáculo para un brujo.

Bastó una mirada a la institutriz para que ésta se rindiera enamorada a sus pies, y se reunieran varias veces a la semana para saciar su sed de amor y de noticias de los Mencía. De esta manera obtuvo la información necesaria para poder urdir un plan limpio y sin sospechas. Es demasiado fácil cuando las personas a tratar son escrupulosas con el tiempo; la hora exacta para comer, para el té o para ir al trabajo.

Don Anselmo pasea por una concurrida calle llevando a la institutriz de su brazo; se miran amorosamente al pasar ante una cafetería en la que todos los días a esa hora Doña Concepción, intima amiga de Doña Amelia, toma su té con pastas. Doña Amelia y Doña Concepción no se cuentan sus chismes por teléfono para que el personal del servicio no se entere y hagan correr rumores por vías que no controlan; quedan por la mañana para pasear y dialogar amigablemente. Cuando Doña Concepción observó la escena, se comunicó con su amiga para concretar la cita al día siguiente. Cada vez que esto sucede, Doña Amelia pide a su marido que la acerque en coche al punto de reunión, por lo que a las nueve de la mañana, y ni un minuto más tarde, se abrirá la verja y saldrá el coche con el matrimonio en su interior.

La mansión de los Mencía se encuentra alejada del centro de la ciudad pero en una calle comercial, con edificios de viviendas de tres alturas y poco bulliciosa. Ante la verja hay un semáforo que estará verde cuando el del cruce de peatones anterior esté rojo para vehículos, lo que facilita al chofer de los Mencía calcular la velocidad con la que salir para no tener que parar en la puerta, hecho que disgusta tanto a Don Javier. Dos manzanas más y llegamos a la única sucursal bancaria del barrio, a la que todos los días a esa hora llega el furgón del dinero. Todo es fácil si funciona como un reloj.

Un poco más atrás del paso peatonal se encontraba Don Anselmo, sentado en un banco con una rata entre sus enguantadas manos y a la que daba instrucciones con su boca cercana a la oreja del animal. La dejó, por fin, en el suelo y ésta corrió pegada al borde de la acera hasta la base del semáforo y se introdujo no sin complicaciones en el interior del poste por un pequeño hueco que dejaba una tapa mal cerrada. Unos chispazos y unos hilillos de humo salieron por aquella tapa y el semáforo se quedó fijo con su luz verde; Don Anselmo se levantó y cruzó la calle sin mirar.
El furgón del dinero tuvo que frenar para no atropellarle y pidió disculpas mientras terminaba de cruzar. El conductor arrancó y aceleró para recuperar el corto tiempo perdido. Eran las nueve de la mañana, y el coche de Don Javier, como siempre, salió a la calle sin que su conductor mirase hacia el lado en que fue fuertemente embestido por el furgón del dinero. Si la distancia no es excesiva, con gasolina y calor, no hay dificultad en que un brujo provoque la chispa que origine el incendio en un coche accidentado. Pero oficialmente, según la prensa, una rata electrocutada al morder unos cables fue la causa de que ambos semáforos estuvieran en verde, provocando tan fatal accidente.

Lo demás vino solo. Gracias a los buenos informes de la institutriz en los que recalcaba la gran amistad con la familia, y unas cortas miradas a algún funcionario, Don Anselmo consiguió la adopción de Manuel Mencía, llamándose a partir de entonces Manuel Yarza Mencía, para mantener su nuevo apellido junto al original. De nuevo bastó una mirada para que el desamor anidara en el corazón de la institutriz, y volviera a desaparecer de su vida.

Don Anselmo se preocupó de la salud y del físico de Manuel como primer objetivo; el deporte y la alimentación fueron muy importantes en los primeros años de instrucción. Para poder empezar siendo ilusionista tenía que tener una extremada habilidad en manos y dedos, saber desviar la atención hacia la parte más alejada del truco, ser atractivo, seductor, culto… Más tarde, le dijo, comenzarían con la magia, concentrarse en una llama para apagarla, en una vela para encenderla… pero para ello se necesita un gran control de sí mismo para utilizarla con naturalidad, y terminarían con el gran complemento que es la brujería, cuyos conocimientos estaban en sus arcanos libros que debiera estudiar para conocer los secretos de los conjuros más importantes.

Han pasado veinte años y Manuel Yarza es conocido en los círculos más selectos y nadie duda que alcanzará la fama de su padrastro; quien sabe si la superará. Para ello ha llamado a su abogado en su lecho de muerte. Todo cuanto posee está inventariado, sus terrenos, sus palacios, sus libros… todo pasará a las manos de Manuel, incluso recuperará las posesiones de su padre pasando a ser de los más ricos de la ciudad, pero aún le queda algo por hacer, y por eso lo mandó llamar a su lado.

Muchas veces pensó que con su muerte debiera irse toda su sabiduría; otras pensó que su muerte le daría descanso eterno y nada malo habría en que alguien continuara su tarea, pero otras creía que no debiera morir nunca quien poseyera tanta sabiduría.

Mantenía las manos de Manuel apretadas contra su pecho y por su boca comenzaron a salir ininteligibles palabras con voz cavernosa que aturdieron por un momento a Manuel, que acercó su oído a la boca de su padrastro y maestro para intentar entenderle.

- Manuel – dijo – has aprendido los principios de la magia y te he contado lo que se puede conseguir con la brujería. Hablar con los muertos que nos ayudan a solucionar los peores avatares que nos proporciona esta vida; atraer fuertes vientos, tormentas, provocar crisis en familias o gobiernos, crear enfermedades, curar males de amor o provocar mal de ojo… te he contado todo lo que se puede conseguir menos una cosa…

- Dime, padre, ¿qué me falta por saber? – dijo Manuel acercándose aún más.

Don Anselmo aprieta aún más las manos de Manuel sobre su pecho y tras un último conjuro confiesa con casi imperceptible voz:

- La transposición de las almas…

Ambos se retuercen en fuertes convulsiones. Manuel no consigue zafarse de las manos de su padrastro y sus ojos se ponen en blanco, hasta que el cuerpo de Don Anselmo lanza su último suspiro y Manuel cae sobre él. Unos minutos después Manuel se incorpora empapado en sudor y respirando con dificultad observa el cuerpo yerto de Don Anselmo, al que cierra boca y ojos y coloca sus brazos a los costados. Ya más tranquilo observa sus manos y toca su propio cuerpo como comprobando que todo está en su sitio; se acerca al armario y se mira al espejo; sonríe; está conforme con su nuevo cuerpo y desea dar comienzo a su nueva vida.


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11 comentarios:

Winnie0 dijo...

Final sorprendente para una impecable redacción y un magnífico y atrayente relato....As usual....me ha encantado Tito...presiento que Manuel sólo fue el camino para llegar a.....Objetivo cumplido... Besos de tu sobri

Ragofer dijo...

Estupenda historia y muy bien contada.
Recuerdo de niño que leí, en un libro de texto de lenguaje de la E.G.B, un relato con el mismo contesto pero con distinto argumento y distinto escenario, claro, pero contado desde el personaje joven que luego se convierte en viejo porque el otro le ha robado el cuerpo.

Luz de Gas RadioBlog dijo...

Que arte el hombre, a lo mejor eso es lo que sucede cuando aparentemente nos vamos.

Un abrazo Tito

José Manuel Beltrán dijo...

Bonita historia, cuidadosamente narrada. Hasta dónde estamos dispuestos a vender nuestra alma??

El hombre frente al hombre.
Un saludo, ciudadano.

Mannelig dijo...

En mi opinión, uno de tus mejores trabajos.

Tereza dijo...

Me encantó, y más cuando se habla de magia. Soy descendiente de una larga familia de brujas. El conocimiento y la magia es poder. El poder es soledad. ¿Porqué habrá querido vivir tanto tiempo si era tan sabio?

Andrea dijo...

Es una gran historia Tito, me ha encantado, impecable la narración y el suspenso. Enhorabuena! Un abrazo. :)

Isabel dijo...

Una historia muy fuerte, muy bueno el texto. Un beso

Thiago dijo...

joder, que ijoputa el viejo... Y eso que dicen que los brujos no pueden usar la magia para hacer el mal, vaya, vaya... lástima no saliera mal el asunto y se quedara a medio camino o en el cuerpo de la rata, que es lo que era, jajaj.

Bueno, preciosa lección cari, muy instructiva y si magia: ¡Pa que no te fies ni de tu padre! jajajajaa.

Bezos.

B. Miosi dijo...

Vaya, tito Carlos, ¡qué cuento! Sinceramente me has sorprendido. Toda una trama urdida por don Anselmo para quedarse con el cuerpo de Manuel, sin embargo, das a entender que la magia tiene mucho que ver con el sentido común, con la lógica de algunas circunstancias y especialmente con la inteligencia.

Como siempre, un gusto leer tus relatos,
Besos,
Blanca

Neuronas en Fuga dijo...

Te hicimos caso y acá estamos!
Gracias, de verdad este post no tiene desperdicio.
Don anselmo de terror, jajaja!

Un abrazo amigo!

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