miércoles, 29 de abril de 2009

TEMBLOR


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Notó el temblor bajo sus pies cuando dirigía la taza de café a su boca. Las copas tintinearon en el estante del bar y el camarero quedó paralizado con el paño en una mano y un vaso en la otra. En otra mesa una mujer daba de comer a su bebé un puré de bote y miró a Javier asustada con la cucharilla a medio camino de su destino. Tres segundos y un silencio inusual.

Javier dejó la taza y el periódico sobre la mesa y se levantó rápidamente.

- Puede que no sea nada o que sea un aviso. – dijo Javier afinando el oído tratando de percibir algún sonido – Debemos salir de aquí.

De pronto comenzó el ruido. Primero muy lejano, lo que hizo a Javier coger al bebé y arrastrar de un brazo a la mujer mientras gritaba al camarero que saliera inmediatamente del bar, y correr hacia el centro de la plaza. Durante la carrera iba notando acercarse el ruido con celeridad y comenzaron a romperse cristales; Javier avisaba a todo aquel con que se encontraba que se dirigiera al centro, lo más alejado de los edificios. Y nada más llegar al jardín central comenzaron los violentos temblores.

Todos los transeúntes cayeron sobre la hierba. Javier sujetó al bebé mientras su madre se abrazaba a él con fuerza. El edificio del bar se vino abajo manteniendo media fachada en pie creando una columna de polvo, mientras el asfalto se resquebrajaba formando varios escalones desiguales. Las farolas temblaban enérgicamente y se rompían las bombillas y cristales en mil pedazos. Javier observó que otros edificios de la calle caían sembrándola de grandes cascotes. A los quince segundos el sonido se alejó rápidamente.

Javier vio que el bebé se encontraba bien y se lo entregó a su asustada madre. Preguntó a los que le rodeaban y salvo un ataque de ansiedad de un hombre casi anciano, los allí presentes se encontraban perfectamente.

– ¡Escuchen! – gritó, - No deben moverse de aquí los ancianos ni los niños. El resto debemos ayudar a los heridos que podamos encontrar. Diríjanse hacia sus casas, comprueben el estado de familiares y amigos, pero no traten de entrar en ellas, ya que no sabemos en qué estado se encuentran.

Cuando comenzó el movimiento de personas en varias direcciones, Javier se dirigió a la calle por la que se salía del pueblo. De entre los escombros de un lado salía arrastrándose un hombre con ayuda de uno de sus brazos, ya que el resto de extremidades estaban materialmente machacadas; se acercó y trató de tranquilizarlo mientras recogía un cable del suelo para hacer un torniquete en uno de sus brazos. Aparecieron varios jóvenes que recogieron más trozos de cable y se dispusieron a hacer lo mismo en las piernas.

- Hay que sacarle de aquí – dijo uno de ellos.

Javier les señaló una puerta, lisa, de madera, y les indicó que la sacaran de sus bisagras y la utilizaran de camilla para trasladarlo a la plaza. Mientras, mostrando suma energía, comenzó a apartar piedras y vigas de madera del centro de la calle. Unos minutos después aparecieron de nuevo los jóvenes y quisieron ayudar.

- Tenemos que dejar un camino libre para ambulancias y bomberos que vendrán en cuanto sea posible. Si los cascotes son grandes, necesitaremos picos; y nos vendrá bien una carretilla, si la encontramos.

Los jóvenes asintieron, y se pusieron a ayudar, unos con las piedras, y otros fueron a buscar material…

Durante varias horas, Javier arrastraba piedras y carretillas, y en su avance ordenaba las operaciones de rescate que iban surgiendo. Ayudó a desenterrar cuerpos y aleccionaba sobre torniquetes y traslado de heridos; practicó el boca a boca a varios heridos con buen resultado, ayudaba a ancianos y niños a salvar obstáculos para salir de los escombros y los indicaba el camino a la plaza, hasta que apareció una pequeña excavadora cuyo conductor se puso a sus órdenes. A partir de ese momento la actividad pudo centrarse más en la atención de heridos, aunque no paraba de dar instrucciones al conductor de la excavadora. Su actividad era frenética; no dejaba de observar cada acción de rescate que se hacía a su alrededor colaborando en todas ellas, y atendía a todas las consultas y peticiones de ayuda que surgían, sin descanso alguno. Justo al llegar al final del pueblo vieron venir un convoy de ayuda.

Lo primero en llegar fue una camioneta con el material de campaña para crear un centro de ayuda con grandes tiendas de lona para una enfermería móvil que instalarían allí mismo. Indicó a las ambulancias el camino para llegar a la plaza y a los bomberos los edificios en los que se buscaban cuerpos con o sin vida, y se disponía a subir a uno de los vehículos para dirigirse de nuevo al centro del pueblo y continuar la actividad, cuando una mujer con bata blanca le pidió que le acompañara a una de las ambulancias. Javier insistió en irse pero la mujer le retuvo, y le puso las manos sobre sus hombros.

- Por favor, míreme. – le dijo. Javier obedeció. – Ya estamos aquí. Tranquilícese y descanse.

Javier miró fijamente a los ojos de aquella mujer mientras notaba como su cuerpo comenzaba a flaquear. Observó su ropa rota y sucia y sus manos ensangrentadas, como dándose cuenta por primera vez de su aspecto, y notando un cansancio infinito se sentó en el bordillo de la acera y con las manos en la cara comenzó a llorar desconsoladamente.

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domingo, 26 de abril de 2009

En La Radio

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Como el post anterior ha causado mucha tristeza a mis blogueros lectores, voy a compensarlo esta vez con la recreación de un recuerdo de mi infancia. He observado que muchos blogueros nos alegran la semana con unos chistes, así que espero que también os guste esta tierna e inocente historia.


En una época de mi infancia en que vivía en el barrio de Argüelles, recuerdo que la relación con los vecinos era muy distinta a la actual. En mi portal sólo éramos dos criaturas las que podíamos coincidir en nuestros juegos, pero no llegó a ser una relación que cuajara, así que mis recuerdos se centran en el resto de los vecinos.

Una de las vecinas tenía edad para ser abuela, pero sus hijos no le daban nietos; supongo que esa era la razón por su empeño en traerme y llevarme a un montón de sitios, incluso a sus visitas familiares. Yo iba contento a pesar de todas las advertencias del mundo que me dictaba mi madre y disfrutaba de los viajes en los viejos tranvías o en los ruidosos vagones de Metro, pero hubo un par de veces que no hizo falta.

Tan solo dos vecinos tenían televisión; eran los más ricos de la manzana, pero ni mi vecina ni yo éramos uno de ellos. La reina de la comunicación era la radio, incluso alguna vecina colocaba el aparato en la ventana que daba al patio para que otros vecinos, que ni siquiera tenían radio, pudiesen escuchar ‘Simplemente María’ u otra radionovela de entonces.

El caso es que pusieron un estudio de radio en el barrio. No me preguntéis cual era, creo que Radio Intercontinental o algo así, y que estaba, posiblemente, donde después se ubicó el Cine Pelayo, y tampoco recuerdo quien era el presentador de un programa de variedades con mucha risa, pero el caso es que se hacía con público, y no sé cómo, pero la vecina en cuestión consiguió dos entradas, y allá que me llevó un domingo por la mañana, muy temprano para ser domingo.

Lógicamente estaba alucinado. El lugar era como un pequeño teatro y sobre el escenario había un señor metido en una cabina con unos cascos enormes en las orejas, y había micrófonos de pié y otros colgando del techo que se movían de un lado al otro y muchos cables por el suelo. Yo solo miraba al público y al señor de la cabina que hacía muchos gestos y no me fijé que había una mesa y cuatro sillas preparadas como para una comida, con su mantel y sus servilletas, que al parecer era para invitar a cuatro asistentes a desayunar chocolate con churros.

El presentador era un hombre que lo vi muy mayor y le acompañaba una señora más joven pero que la recuerdo más bien gordita, quizá no demasiado, pero mi corta estatura así me hacía percibirlo. El caso es que metieron las manos en un saquito y sacaron un papel con un número. Aquel cuya entrada tuviera ese número estaba invitado a desayunar, con una sola condición: debía contar un chiste. El número que salió lo tenía mi vecina.

Se puso muy nerviosa, dijeron el número varias veces y no decía nada, hasta que decidió dármelo aduciendo que no tenía ganas de desayunar. Mi vecina pasaba mucha vergüenza con esas cosas, pero yo era un sinvergüenza. No tenía esos problemas; así que pegué un brinco y subí al escenario. Me preguntaron el nombre y les di, además, todos los apellidos que me había aprendido (unos diez) y de los que me sentía muy orgulloso; incluso me molestó que me dijeran ‘Bastaba con el nombre, je, je.’ Del techo bajó uno de los micrófonos y salió el señor de la cabina para bajarlo más, ya que los de pié no bajaban tanto, y me tocó contar el chiste:

“Un recolector de higos cargó el burro de higos y se marchó al pueblo de al lado para venderlos en el mercado. El camino era muuuyyyy laaaargo y se aburría, así que cogía un puñado de higos y caminaba veinte metros detrás del burro que iba espantando moscas con el rabo, así que calculaba cuando el rabo estaba por arriba y lanzaba un higo y… ¡Tóooomaaa!, le dio en todo el agujero del culo...”

En ese momento y debido a mi gesticulación exagerada, se escucharon muchas carcajadas, y pensé que creían que había terminado, y se lo dije al presentador, que sólo con ver la cara con que me miraba, a pesar de su sonrisa forzada, le advertí que no volvería a decir ‘agujero del culo’, así que continué:

“Así fue todo el camino, siempre acertando…. en el mismo sitio y cuando fue a vender los higos sólo le quedaba un kilo y lo tuvo que vender tan barato que no le dio ni para un bocadillo. Regresando a casa empezó a tener hambre, y se fue encontrando con los higos que tiraba al…. al burro. Entonces recogía uno y lo olisqueaba con su nariz, decía ‘este no le dio’ y se lo comía, y así con todos hasta llegar a su casa. Ya está.”

Hubo muchas risas y aplausos, pero mi vecina no aplaudía. Mientras me zampaba el chocolate con churros estuvo todo el tiempo muy seria con una mano tapándose la boca y como asintiendo con la cabeza. Eso lo he visto hacer a muchas señoras mientras decían: ‘¡Madre mía!’, pero lo hacían al enterarse de una desgracia y yo, sin embargo, estaba gozando del desayuno. No la entendía.

¿Creéis que se acaba aquí la historia? Pues no. Al domingo siguiente pillé a la vecina en el rellano de la escalera que iba al mismo sitio y me puse muy contento, pero dijo que llevaría al otro niño, que también tenía derecho. La acompañé hasta la puerta donde vivía el otro niño y ¡no estaba!, así que la cogí de la mano y la arrastre materialmente hasta los estudios de la radio.


Esta vez sí que atendí a todo el programa, pero esperando al desayuno regalado. Mi vecina me advirtió, que esta vez, si la tocaba, subiría ella y ya vería qué contaba, aunque fuera el de ‘Mamá, ¡pan! Y va y se muere’ pero que yo no subía. En un principio me puse triste, pero ¡salió mi número! y no la di tiempo a engancharme. Corrí como liebre al escenario pensando sólo en el suculento desayuno, y el señor de la cabina me cogió en brazos para llegar al micrófono y no montar el número del domingo anterior. Los presentadores tenían la sonrisa muy forzada, pero me parecieron simpáticos.

La presentadora me dijo: ‘Hola de nuevo, Carrrlitossss. Veamos si eres capaz de contar otro chiste pero esta vez muy cortito ¿eh?’. Maldita presentadora, ya me empezaba a caer mal; me había hecho polvo. Mis chistes no suelen ser muy largos, pero cortitos no recordaba ninguno realmente bueno, pero mirándola me sobrevino la inspiración:

“¡Ah, sí! Ya lo tengo: Era una señora tan gorda, tan gorda, tan gorda, que se fue a cagar al campo y se cagó fuera.”

Lo solté sin dejar de mirar la sonrisa forzada de la orondita presentadora por la que me pareció ver salir un poco de espumilla entre sus dientes; el señor de la cabina, por el contrario, parecía tener una seriedad forzada mientras me depositaba suavemente en el suelo, y entre carcajadas y aplausos corrí hacia la mesa para redesayunar, que a eso había ido.

Para mi tristeza, la vecina no volvió a conseguir entradas para ir de público a aquél programa dominical que se hacía tan temprano pero en el que salía muy barato desayunar.

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viernes, 24 de abril de 2009

Su cara me suena

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Abel subió las anchas escaleras sin saber lo que se encontraría en el exterior. Al terminar, el sol le cegaba y tuvo que hacer visera con una mano para ver un parque en la acera de enfrente y edificios muy altos que creía reconocer; de algunas fotos quizá. Giró para orientarse y vio que sobre unas barandillas que bordeaban el hueco de aquella escalera un cartel con forma de rombo indicaba que era la boca de Metro de Plaza de España. Por aquel agujero del que había salido al aire libre entraba y salía constantemente una cantidad extremadamente alta de personas como para quedarse parado, así que se apartó y se dirigió a la esquina más cercana; la que hacía con Gran Vía.

Se quedó atónito ante las cristaleras de Starbucks Coffee; nunca había visto una cafetería con nombre extranjero del que no paraba de entrar gente, que salía rápidamente con un extraño vaso de plástico por el que humeaba un supuesto café. Pensó que sería por no caber tanta gente en su interior, y se preguntaba si era una zona con pocos lugares donde tomarse un café y una copita de coñac tranquilamente. La visión de tal espectáculo le hizo desearlo y se dispuso a buscar ese lugar que sin duda existía en alguna de esas calles cercanas. Subió por Gran Vía.

Pasó de largo ante un restaurante con nombre que le pareció mejicano y se detuvo ante un bar con una gran entrada. Era curioso; la barra, vacía de clientes, era muy pequeña en comparación con el tamaño del local que estaba atiborrado de mesas todas llenas de gente parlanchina comiendo y bebiendo con inusitada rapidez, tanto que quedó espantado y decidió seguir buscando en la acera de enfrente, más poblada de transeúntes. Sería por estar más soleada.

Justo enfrente del bar Cañas y Tapas hay un paso de peatones, y se dispuso a cruzar. Una mujer le sujetó del brazo fuertemente, ya que no tenía permiso para cruzar. Ante la mirada de asombro de Abel, la mujer le señaló el hombrecito rojo de la otra acera, al que miró con cara de suma ignorancia; de pronto lució el hombrecillo verde y le indicó de nuevo que ya tenía permiso para cruzar.

Mientras cruzaba, vio en la acera un grupo de personas caminando ante un teatro que anunciaba La bella y la bestia. “¿No era una película?”, pensó; pero se centró en el grupo de hombres que paseaba. Uno de ellos, de unos treinta y cinco años, bien trajeado y melena corta, le llamó la atención. No destacaba demasiado en altura, pero sí la fortaleza que parecía tener su ancho cuerpo. “Le conozco de algo” pensó Abel, y procuró acercarse disimuladamente, aunque andaban demasiado deprisa para él.

Al menos se frenaron para cruzar la calle General Mitre, lo que le daba un respiro, y pararon ante un espantoso bar que decía ser museo del jamón, como pensando si entraban o no. Abel se frenó sin quitar la vista del hombretón. ¿A quién le recordaba? ¿Un actor de cine, quizá?. Se lo tendría que preguntar, a pesar de la vergüenza que sentía, porque sabía que estaría rondando por su cabeza todo el día hasta dar con su identificación.

Los hombres señalaron hacia delante y dieron unos pasos. Justo al lado, sólo separado por un portal que parecía un hotel, había un lugar más elegante llamado De María o algo así que anunciaba parrilla y allí entraron. Abel dejó pasar unos segundos y entró al restaurante.

Nada más entrar vio sentarse al grupo en una gran mesa, pero el hombretón no estaba; puso cara de fastidio pero pensó que habría ido al baño y decidió esperar rechazando a un empleado del local que se interesó por su presencia. El hombretón apareció sonriente y se dispuso a ocupar su lugar en la mesa. Fue entonces cuando Abel lo abordó dándole unos toques en el hombro.

- Perdone, su cara me suena…
- ¡Papá! – respondió el hombretón, asombrado - ¿Qué haces tú aquí?
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martes, 21 de abril de 2009

Los caminos

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Tengo un amigo que, entre otras cosas, es caminante. Podría destacar en otras materias, pero le gusta destacar como caminante. Conocedor y lector de la historia, sabe de donde venimos y hacia donde vamos, y podría escribir su extensa sabiduría; pero sabe que destacaría en las librerías, y prefiere el anonimato. Solo los que a veces le rodeamos podemos disfrutar de sus conclusiones sobre la vida; cualquier aspecto de la vida, pero le he pillado con lo único en lo que no le importa que le pongamos en un punto destacado: caminar, tener contacto directo con la naturaleza no menos de una vez por semana, y en todas y cada una de sus vacaciones.

Le he pillado porque nos ha dedicado a los amigos con una extensa carta que quiero publicar para compartir su extenso abanico de sensaciones; eso sí, en completo anonimato y con su permiso. Lo único tangible sobre su persona que me atrevo a mostrar es esa fotografía de sus andanzas por el Camino de Santiago este invierno.

Leamos:

A mis amigos. A los que me acompañaron en los días de frio, al que le gusta caminar solo y abrazar los arboles, al que no le gusta andar y lo hace para estar con los amigos, a los que les gusta hacerlo y no pueden, al que durante años cerró la marcha, y a mi padre, que me enseñó a hacerlo por delante de los pies.

Trochas trilladas por hondas pisadas, labor de siglos en que sandalias y botas han conjugado ansias de búsqueda de los que han hecho del devenir la esencia de su armonía.

Los caminos van. Y retornan. Se pierden por los espacios celestes y por los meandros de la vida. Los caminos dan la sensación de ir por el mundo sin tropiezos, quienes se dejan llevar por ellos saben que sus trazos penetran en el destino, lo perforan y lo abren ofreciendo metas de recompensas tras cada recorrido.

Ellos se prodigan en la geografía múltiple, por los valles con naturalidad, sin artificios, compiten con los ríos, y por las montañas escarpadas hacen prodigios al confundirse con las nubes. En los tentáculos de la montaña, por sus cimas, se distraen viendo el paisaje a lado y a lado, pero a la vez son descanso grato para el que sabe reconfortarse.

Los caminos nacen de los pies con ansias de conocer y sobrevivir. Con las huellas surgen sus trazos, senderos que se curvan con recovecos que demanda la topografía de lo telúrico y del cielo, hacia sitios de ilusión y sospecha. Por ellos se desperdiga la vida, con alianzas y desuniones que los arrebatos del destino dispersan como producto del azar. Los caminos no llegan nunca; ellos se proponen seguir. Van y vuelven, son vericuetos que lo ignoto teje para el escape y el regocijo, para que se sostenga la vida. Los caminos vienen desde el origen de los tiempos, desde el caos; están hechos de viento y de agua. El magma los modeló y ellos son la memoria de la vida.

Los días curten a los caminantes y a los propios caminos. La callosidad se impone en la superficie y sus entornos aunque se recubra de color cálido. Vida propia tienen los senderos, caminos de globalidad y equidistancia. A todas partes llegan y de todas partes huyen. El despliegue de los sentimientos sobrecoge los caminos y los hace sumisos al dialogo en silencios preñados de palabras calladas, a la meditación con el bosque y la roca, con las aves del pasar migratorio o las de revoloteo tan solo aparente. Por los caminos vamos de seguro a parte alguna, como en recurrencia del tiempo, como en sujeción al azar.

Caminos que se entrelazan con pensamientos, sin asirse del todo. Por sus rutas se escapa la gloria mientras que otros escapan de ruina. El tiempo detiene sus formas y las cuentas sin resumirse en los oídos de concavidades y pantallas que como imposibilidad reproducen el sonido mismo del eco. Los caminos atraviesan las pasiones, toda ambición que recorre poblados, caseríos, ciudades, veredas. Surcan los destinos y convulsionan las manos en los giros del extravío, ordenan la tropelía y enseñan a aunar voluntades.

Son asiduos los caminos en soledad. El silencio los acecha en cada tramo, confundiéndose con la lluvia o con el susurro del río de abajo. Silencio para la meditación del caminante, entre andurriales y sobrecogimiento. En cada tramo un asomo de luz, o el encanto de mirar lejos, o el encajonamiento transitorio del miedo. Los caminos revierten el paisaje hacia dentro y dibujan colores que calman los desasosiegos de la vida.

La vida va ceñida a los caminos, como el agua al manantial que la genera. Manos de señalar distancias, o de reconocer los rastros de otros caminantes perdidos en las distancias del tiempo y la geografía.

Por los caminos se crece y se consume la vida. Pero a la vez se renueva de continuo. Los caminos al existir son la posibilidad misma del Ser. Dan refugio al fugitivo y esparcimiento al iconoclasta o al simple contemplador. Acogen miradas, siempre en soslayo. Del ir y venir, regodean el cansancio y promueven la reanudación de la esperanza en nuevos silencios de hablar cutáneo. Son cartas de expresión libre porque nunca se echarán al correo.

Los caminos son delirios en el suspiro de los dioses, y fortines en las contiendas. En ellos confluyen las flores que los ramajes saludan, con ánimo encendido y roce de gloria. El caminante recoge ese aliento al paso. Viajeros de cualquier naturaleza se sorprenden con la vecindad de lo infinito y lo lejano se aproxima en la constante persistencia de las miradas. Los caminos son presente continuo, prolongación de la dicha y del sufrimiento como prueba de su coexistencia.

Hay caminos para reproducir las ansias en los destinos cruzados, o para los soliloquios del follaje. Caminos seguirá habiendo en tanto ocurra la mirada sobre las montañas, o en las llanuras extendidas bajo el sol torneadas de páramo hasta que agonizan en la noche. Caminos que se prolongan sin medida, más allá de cualquier lugar, y alimentados siempre por las ganas de emprender la jornada.

Los caminos no llegan a la agonía. Ellos son perpetua lucha por la sobrevivencia de ilusiones y de enigmas, y de asonadas que doblan como las campanas en los instantes menos pensados. El camino vuelve a comenzar la historia recortándola en sus entrañas, sin la pausa del viento, ni los artificios de la conciencia. Va por ahí sin perder el tiempo ni congraciar la tentación de lo lejano. Ideas en destello provocan en el viandante las ansias de agonía y los anhelos de conquista entre las sombras, o en la penumbra de unos brazos extendidos con la placidez de los reclamos.

Caminos son los que surten los designios en anuncios de volandas y revertir, en tejidos que la memoria advierte en el deslizar de los peñascos. Marcas diseminadas señalan lo que fue sin volver a ser, y el entrecruzamiento de caminos rompe la monotonía con aperturas a otros rumbos, destinos si acaso para otra ocasión.

La naturaleza recubre de pesadumbres el sendero que de permanecer sostiene el ritmo de la vida, y apresura las modificaciones que no consiguen las palabras en el abismo de los sonrojos. Caminos en los aleteos del sueño que nos conducen a composiciones de las miradas contenidas de tanto vagabundear por los recodos de la imaginación.

Los caminos siguen los pasos de la vida y en ellos se diluyen las malas pasadas dando tránsito a la aventura indeclinable del tiempo. Los caminos son el eco de la nostalgia y la pesadumbre de rostros cansados. Pero también del furor de la aventura en perspectiva.

Trochas trilladas de hondas pisadas, calmas o raudas, de pesares o exultantes, a pares o multitudinarias, siempre son la vida que se deja ser vivida de soledades en compañía. Los caminos son la huida de lo cosmopolita a la fisiocracia que siempre debió ser, al hombre de voluntad que se sobrepone al ulular de la incertidumbre sembrando austeridades en la cadencia de sus pasos.

Devienen al hombre en conciencia de si mismo y le muestran el alma del cosmos enseñándole a ser partícipe de lo Uno: energías que confluyen sin mesías para rescatar al urbanícola del tedio de la civilización obligándole a ser puesto que no toleran estancias con muros hechos de servidumbres. Se abren a lo telúrico y gozan en ocultarse a los pusilánimes de la mecánica muelle del caucho y redes digitalizadas. Saben de suspiros inconfesos aún no nacidos y capaces de volar sin placenta.

Caminar es sobreponerse a lo establecido porque los caminos son escape de herejes y apóstatas; son la grieta del paradigma que evacua las lágrimas del cobarde y por las que ascienden los librepensamientos del Dionisios niño. Fusión del hombre con su propia humanidad de mamífero, aunque culto si sabe cabalgar en los vientos huyendo de las fragancias de alquimia.

Los caminos nos enseñan que no se camina con los pies, que las estrellas no son de frontón de hotel, que el agua mineral no vive en vasijas de vidrio verde, que en la mochila no entra lo vano porque las vanidades lastran, que lo usado es más cómodo que lo nuevo, que el frío también quema y que sin vericuetos la vida es lineal.

Aunque hechos de pisadas, su lecho es inmaculado y anhela las por llegar si son impulsadas por ansias de vida. Siempre nuevas si se descubren a si mismas, al recrear la herencia por su uso firme en pos de silencios que de resultas habrán de devenir en estruendos mudos y maná de existencias.
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domingo, 19 de abril de 2009

Premios y Louis Amstrong & Danny Kaye (2)

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Mis queridos blogueros de Villa Constitución Lisandro, Noelia, Iván, Carla, Susana y Pancho del blog literario 'El Taller Literario Kapasulino', han tenido a bien otorgarme este Premio a la Inspiración tras haber llegado a las 10000 visitas.

El Kapasulino es un color imaginario que solo puede verse en estados de inspiración. Todos los creativos, grandes y pequeños, alguna vez hemos logrado verlo. Pues bien, en este lugar se acumulan creaciones de todos los colores, pero sobre todo, de este color.

Un premio, otorgado por creadores, es como compartir el prestigio que ellos tienen. Mis más sinceros agradecimientos a los miembros de este magnífico club.




George Anderson de los blog's 'Pensamientos' y 'Maravillas'comparte conmigo dos premios:


Alexis Marrero fue el creador del Premio 11 de Abril. Un reconocimiento nacido en Venezuela para distinguir a blogueros venezolanos o extranjeros, “que trabajan en la lucha por la democracia y la libertad”, lo que da un nuevo matiz a los premios que recibo.



Este es tambien un premio especial por estar dedicado a la amistad que todos buscamos en nuestra amada globosfera. Es, por tanto, un reconocimiento a nuestra nueva amistad.

Y para celebrarlo, un viejo video musical, extraordinario, que acabo de recibir:






Un besazo a todos,
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miércoles, 15 de abril de 2009

Abdul y Pecha

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A veces la lectura de una noticia te deja planchado, anonadado, asustado. Y la mente queda en blanco.

Mientras se me ocurre otra idea, otra historia, quiero compartir con la blogosfera este sentimiento atroz que me corroe ante la intolerancia que impera en algunas partes del mundo. Estamos en crisis, los pisos son caros, falta trabajo, los bancos no nos dan créditos, discutimos (no luchamos) por que tratan de mermar nuestras libertades... ¡Pero que suerte no haber nacido en otro lugar!
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Khosh Rud es un distrito de Nimroz, región de tamaño mayor al de Cataluña, por ejemplo, pero que solo tiene 150.000 habitantes, lo que la hace la región más despoblada de Afganistán y junto a la región de Helmand forman el bastión principal de los integristas talibanes.

Allí vivían Abdul Aziz (21 años) y Pecha Gul (19 años).

Abdul y Pecha se amaban desde hace años, pero siempre a escondidas tenían que robarse las caricias y las palabras de amor de forma fugaz; unos segundos al principio, unos minutos en los últimos tiempos. Era el clásico amor prohibido.

Pecha era pastún y musulmana suní, al igual que los talibanes, y Abdul era sistani (de lengua persa) y chií. Para los talibanes el equivalente a ser chií es ser hereje, según se inculca en las escuelas coránicas financiadas por el wahabismo saudí.

En el régimen talibán, toda mujer debe respetar la purda (reclusión) y evitar cualquier contacto con hombres ajenos a su familia, pero esto sólo puede tener un pequeño castigo; sin embargo, la diferencia sectaria convertía el amor de Abdul y Pecha en pecado mortal. Tenían muy buenas razones para temer la ira de los talibanes, pero su amor era más fuerte, y decidieron huir intentando cruzar la frontera hacia el Irán chií de los ayatolás, donde pensaban poder casarse y vivir su amor con plena libertad.

Nada más notar la ausencia de Pecha, sus familiares alertaron a los hombres del pueblo y salieron en su busca. Y los encontraron.

Los talibanes armados los maniataron y los presentaron a los mulás de la mezquita, quienes ante la gravedad del pecado dictaminaron la fatua: pena inmediata de muerte por insultar al islam, y en público, para que sirva de ejemplo al resto de la comunidad. Tras la llamada a los habitantes, en la misma entrada de la mezquita, fueron ametrallados.

El gobernador de la provincia, Gholum Dastagir Azad, admitió que las autoridades no tienen desplegadas fuerzas de seguridad en la zona donde se produjo el asesinato, aunque dijo haber ordenado a la Policía que arreste a los familiares de ella para llevarlos ante los tribunales. Nada pudo hacer para detener la ejecución en un lugar donde el poder central no llega. La administración es doble en todo el sur afgano y el poder de la doctrina fundamentalista se extiende a todo el área tribal paquistaní donde tampoco tiene vigencia la ley de Islamabad.

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1 Millón de Adhesiones a la Marcha Mundial por la Paz y la No Violencia

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Desde hoy día 10 hasta el 20 de abril, Mundo sin Guerras y otros organismos del Movimiento Humanista realizaremos esta campaña para conseguir 1 millón de adhesiones personales a la Marcha Mundial por la paz y la no violencia en todo el planeta. Invitamos a leer la información sobre esta campaña y si estás de acuerdo con los objetivos de la Marcha, pinches el enlace y rellenes online tu adhesión personal.
La Marcha Mundial por la Paz y la No Violencia está impulsada por el Movimiento Humanista a través de uno de sus organismos: Mundo Sin Guerras y abierta a la participación de otras instituciones y personas. Esta Marcha pretende crear conciencia frente la situación crítica que vivimos en todo el mundo, caracterizada por la pobreza de vastas regiones, el enfrentamiento entre culturas, la violencia y la discriminación que contaminan la vida cotidiana de amplios sectores de la población. Existen conflictos armados en numerosos puntos, una profunda crisis del sistema financiero internacional, a lo que hoy se suma la creciente amenaza nuclear, que es la máxima urgencia del momento actual. Estamos ante el fracaso global de un sistema cuya metodología de acción es la violencia y cuyo valor central es el dinero. Es urgente crear conciencia por la Paz y el desarme. Pero también es necesario despertar la conciencia de la No Violencia que nos permita rechazar no sólo la violencia física, sino también toda forma de violencia (económica, racial, psicológica, religiosa, sexual, etc.).
Reclamamos nuestro derecho a vivir en paz y libertad. No se vive en libertad cuando se vive amenazado. La Marcha Mundial es un llamado a todas las personas a sumar su esfuerzo y tomar en sus manos la responsabilidad de cambiar nuestro mundo, superando la violencia personal, apoyándonos en nuestro ámbito más próximo y hasta donde llegue nuestra influencia.
POR TODO ELLO EXIGIMOS:
• el desarme nuclear a nivel mundial,
• el retiro inmediato de las tropas invasoras de los territorios ocupados,
• la reducción progresiva y proporcional del armamento convencional,
• la firma de tratados de no agresión entre países y
• la renuncia de los gobiernos a utilizar las guerras como medio para resolver conflictos.
La propuesta inicial se ha desarrollado muy rápidamente. En pocos meses la Marcha Mundial ha suscitado la adhesión de miles de personas, agrupaciones pacifistas y no-violentas, diversas instituciones, personalidades del mundo de la ciencia, de la cultura y de la política sensibles a la urgencia del momento.
También ha inspirado una enorme diversidad de iniciativas en más de 100 países (más información en http://www.theworldmarch.org/)
Una de ellas, será la marcha simbólica de un equipo multicultural que recorrerá los seis continentes. Comenzará el 2 de octubre (Día internacional de la No Violencia) en Wellington (Nueva Zelanda), y culminará el 2 de enero de 2010 al pie del monte Aconcagua, Punta de Vacas (Argentina).En todo este tiempo, en cientos de ciudades se realizarán marchas, festivales, foros, conferencias y otros eventos para crear conciencia de la urgencia de la Paz y la No Violencia. Y en todo el mundo las campañas de adhesión a la Marcha multiplicarán esta señal más allá de lo ahora imaginable. La verdadera fuerza de esta Marcha nace del acto sencillo de quien por conciencia adhiere a una causa digna y la comparte con otros.
ENVIA TU ADHESIÓN ENTRANDO EN: http://msgysv.wufoo.com/forms/adhiero/
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miércoles, 8 de abril de 2009

Desafortunado impulso

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En la sala de atención al cliente reinaba un murmullo constante que adormecía a aquellas personas que no iban acompañadas. En esta oficina hay cuatro mesas con cuatro personas que atienden al público, y, por supuesto, cuatro filas de pacientes ciudadanos esperando turno. Es cuestión de suerte, algunos empleados son más lentos que otros, y algunos clientes ponen a prueba la paciencia de los oficinistas, que suelen permanecer en la oficina más tiempo que ellos.

- No puedo atenderle – dijo el empleado – espere a que uno de mis compañeros…
- ¡Cómo que no puede atenderme! – interrumpió el cliente poniéndose en pié.

La voz de aquel hombre, alto y fornido, resonó estruendosamente en toda la sala y el silencio lo ocupó todo. Todas las miradas se dirigieron hacia él, hacia aquel cuerpo enorme, vestido con chándal y despeinado que notablemente enfadado miraba furioso al oficinista que trataba de atenderle sentado tras su mesa.

Al empleado se le imaginaba muy pequeño, más aún estando sentado y frente a él, de pie, el gigante ciudadano que solicitaba sus servicios. Además de tener poca estatura, era calvo, llevaba gafas con cordón y traje marrón jaspeado con coderas en la chaqueta; no era delgado pero no se le puede catalogar aún como obeso. Su cara se mantenía inexpresiva, mirando fijamente al que le imprecaba, y en una de sus manos un bolígrafo golpeaba repetidamente la mesa.

- Cálmese y se lo explico – intentaba amablemente el empleado.
- ¡¿Explicarme?! – gritaba el hombre, enfadado, - ¡Llevo una hora esperando y ahora dice que no quiere ayudarme!
- Sólo dije que espere a…
- ¡Esto es una mierda! – interrumpió de nuevo señalando amenazador con el índice - ¡Sois una panda de maleantes!

El hombretón se marchó refunfuñando frases ininteligibles que se adivinaban horribles. Desapareció por el pasillo y a los dos minutos se oían por la ventana improperios de muy mal gusto contra la empresa. El empleado descolgó el teléfono y pidió ser substituido.

- ¿Puedes ponerte en mi mesa unos minutos?, gracias.

En la puerta de la oficina el hombre del chándal hacía de piquete animando a gritos a todo aquel que entraba para que cambiasen de agencia, acompañando la información con calificativos desagradables hacia la empresa y sus empleados. En el momento en que su sangre se encontraba a la mayor temperatura soportable, notó unos golpecitos en su hombro y se volvió bruscamente. Allí estaba el empleado que le atendió, con su estatura cuarenta centímetros por debajo de su vista, con piernas a la mitad de su longitud proporcional al cuerpo, apenas apoyando los pies en el suelo, y con dos muletas bajo sus axilas.

Ahí quedó el gigantón, lívido, enfriándosele el sudor rápidamente, los brazos caídos y la mente en blanco, mirando aterrorizado al pequeño oficinista. Éste, aguantó su mirada durante unos largos segundos sin haber cambiado la expresión de su cara, aunque se adivinaba que esta era su venganza.

- Esta mañana se ha estropeado el ascensor – dijo con tranquilidad sin apartar la mirada del cliente – y ha dejado el camión en el sótano. No puedo ayudarle a confirmar la carga. Entre, y póngase en una fila distinta a la de mi mesa. Buenos días.

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Nota: Esta entrada es automática, por estar de viaje. A la vuelta leeré vuestros comentarios y trataré de contestaros a todos. Un abrazo a cada uno de vosotros.

sábado, 4 de abril de 2009

Gracias, Anabel Botella.

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Si una escritora como Anabel Botella, que ha demostrado en su blog La ventana de los sueños que es una escritora estupenda, comparte conmigo un premio, es para sentirme halagado y elevado a los cielos.

Nos ha mostrado en su blog su última novela, Ángeles desterrados, y espera ser editada en breve; es seguro que tendrá éxito porque es de una calidad excelente, y os la recomiendo a todo bloguero que se acerque por aquí. Es seguro que se sentirá halagada si capítulo a capítulo se la vais comentando.

Gracias de nuevo, Anabel, por el premio y por los ánimos que me has ido dando en todos tu comentarios.


P.D. Esta entrada es automática, preparada por estar de viaje. Leeré vuestros comentarios a la vuelta. Un fuerte abrazo a todos.
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jueves, 2 de abril de 2009

Aquí seguiré

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¡Ajá! Alguien creía que había dejado de escribir, pero nó. Todo lo contrario.

Algunas personas cercanas (familia, amigos y amigotes) me incitan a escribir un libro, o una obra mas larga que estos relatos. En realidad son los relatos cortos los que me gustan de siempre; ¡Como he disfrutado con los cuentos de Ayala, Halley Mora o Boris Vian, entre otros! Lo que de verdad me gustaría es hacer microrelatos, de los de cuatro renglones, ya sabéis.

Pero me pasa como con la poesía, parece que me he quedado estancado en los relatos cortos, y esta vez en un golpe de inspiración, lo que iba a ser una mini-aventura se está alargando. Mi compañera está alucinada. ¡La de tiempo que me está consumiendo! Espero que el resultado merezca la pena.

Eso hace que alargue el tiempo entre entradas, lo suficiente como para que no os olvidéis de mi, y que no ponga tantos comentarios como antes, pero os aseguro que os leo; es lo primero que hago, y en un segundo paseo pongo algún comentario, pero no puedo con todos, y menos en vacaciones, que atiendo mas cercanamente a familia y amigos.

Quiero que sepáis que no olvido a ningún amigo bloguero de ningún continente, y que desde donde sea que me encuentre estos días, tendré un huequito para visitaros.

Por último, que sepáis que estaré en Madrid un par de días de paso hacia Lisboa con paradas intermedias. Si por un casual me veis, ¡Saludadme!. Sería dichoso conoceros a algunos de vosotros en carne y hueso.

Un besazo a todos,

Apoya el premio (pulsa la foto)